Rincón de Petul

Cartas que transformaron mi vida

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Una parte mía quisiera poder contar que la vocación la traía manifiesta desde un principio. Que soy parte de ese grupo de selectos que, desde una madura consciencia y desde un “desde siempre”, abrazaron una vocación que se considera justa y necesaria en este lugar. El de los grandes ricos. El de los tantos pobres. Hubo justificaciones naturales a que el yo, tan niño, tan común, buscara ser hábil en su forma de adaptarse al camino esperado. El sendero hacia un éxito en una sociedad clasemediera, que resulta demasiado plástica. Un buen carro, una buena casa, los esporádicos buenos viajes. Todo bueno, pero para uno y para los suyos. El buen vestir y el buen comer. Y las relaciones marcadas como buenas, que son tan claves. Fui bueno para eso, para sentirme cómodo en las mesetas desde una temprana edad. Así, pronto, y sin tanta dificultad como otros pares, me monté en un escenario que algunos que me querían admiraban con ilusión por lo que se veía a futuro.

Esa vida seguía una receta preconcebida. Yo, adentro, me hacía la idea de que me convertía en un jurista. Abogados y juristas. Dos términos que a veces se confunden como sinónimos, cuando ni de cerca lo son. Recuerdo una primera vez, cuando alguien —con más luces— me alumbró sobre la idea engreída que se formaba en mi cabeza. “Vos sos un técnico”, me retó. Lo consideré un golpe bajo. Pero tenía razón. No importa cuán elaboradas fueran nuestras normas del notariado, la labor era solo seguirlas con exactitud. Y lo mismo sucedía con los procedimientos de la abogacía. En ellas no hay mayor propuesta o reto alguno desde lo científico. Una carrera ideal, llegándolo a pensar, para el tipo de colegio tradicional donde tantos estudiamos. Que enseñan desde la infancia a solo memorizar, mas no a pensar, investigar, o mucho menos a proponer. Profesionales honrados por nuestro foro como enormes juristas no fueron más que repetidores de simples normas de mero procedimiento.

Es un problema profundo de nuestra sociedad el pensamiento de su clase media. Esa que alimenta a la clase profesional y que termina dando rumbo al destino de las generaciones de una nación entera. Los parámetros generalizados del éxito están empapados de pensamientos crematísticos, de muy intrascendente significado. El éxito económico, sin duda, está priorizado sobre el bienestar general. La religión de la prosperidad cabe muy bien aquí. Hay universidades dedicadas a la maquiavélica propagación de esta visión estrecha. Otras naciones que la pasaron mal llevaron a cabo revoluciones internas, catapultándolas hacia lo inconcebible. Desde transformaciones económicas como lo visto en Noruega, China o Singapur, hasta revoluciones inspiradoras como el derribamiento del Apartheid en Sudáfrica. En cada una de ellas hubo momentos de profunda y honesta introspección. Un actuar, después del ver. Un momento en el que se llega a una indispensable e improrrogable epifanía.

Hablando de epifanías de la clase media, comparto que —revisando notas antiguas— encontré esta semana una carta que redacté para mis allegados en el año 2008. Entonces, y después de un par de años de danzar con la idea de masificar una operación legal para clientes expatriados en Estados Unidos, recién encontraba un mundo que en ese entonces era totalmente oculto para mí. Para mí, y para todos los míos: la Guatemala indígena expulsada al Estados Unidos rural. Algo que me tiraría de frente a los históricos problemas de exclusión y martirio por los que han pasado nuestros sufridos pueblos. Para mí, eso inició en Delaware. Es una carta larga explicando un mundo envolvente que poderosamente me chupó, y que no me soltó. Leerla, hoy, me conmueve, por lo que ahora sé qué vendría después. En los próximos dos artículos compartiré esta carta que ilustra un tiempo de alumbramiento en mi vida. Ansío contagiar a mis congéneres, en este momento de evidente putrefacción nacional.