Punto de encuentro

Chau, Jimmy, chau

Marielos Monzón @MarielosMonzon

Hoy deja la presidencia Jimmy Morales. Un mal cómico devenido en un pésimo presidente. El saldo para el país luego de sus cuatro años de (des) gobierno arroja números rojos. Si quisiéramos expresarlo en una etiqueta para redes sociales podríamos utilizar la de #jimmydesastre.

Con él nos arrasó un tsunami de incompetencia e ineptitud, uno en el que se mezcló la mentira, la indolencia y la prepotencia con el despilfarro y la corrupción. Bien dicen por ahí que no hay nada peor que un ignorante con iniciativa. Aunque yo le agregaría: que un ignorante con iniciativa ocupando la silla presidencial.

Si no, que lo digan las y los migrantes que están sufriendo la traición de aquel que cuando fue candidato les prometió apoyo y les dijo que serían “una prioridad”. O las familias de las niñas calcinadas en el mal llamado “Hogar Seguro” Virgen de la Asunción, que nunca recibieron un gesto humanitario de quien encabezó el gobierno que les arrebató a sus hijas y aún están esperando justicia después de aquel crimen atroz cometido por funcionarios del Estado.

Pero, ¿qué se podía esperar de un hombre que en cada aparición pública contaba un mal chiste o gesticulaba como si nunca hubiera dejado de actuar para el show de Moralejas? ¿Qué de un presidente que al mismo tiempo que marchaba en un acto militar se vestía de marinero y recibía el título de “kaibil honorario”, mandaba a transmitir en vivo, como un tremendo logro de gestión pública, el recorrido de un vagón de tren que a los pocos metros estaba claro que se descarrilaría? ¿Qué de un mandatario que roncaba durante los actos oficiales y llegaba “de goma” a las inauguraciones, o vociferaba en actividades públicas como si de una prédica religiosa se tratara?

Hoy le decimos adiós a ese títere de los poderes fácticos. Al que se cobijó bajo el paraguas de la “anti-política” para aprovechar el sentimiento mayoritario de la población, en aquellas ya lejanas elecciones del 2015, en las que la gente quería a uno —a cualquiera— que no tuviera que ver con “la vieja política” y que, aunque no supiera nada de nada, prometiera que no sería “ni corrupto, ni ladrón”. Y así nos fue. Aquel “no corrupto” consiguió desbaratar la más importante iniciativa anticorrupción desde la apertura democrática, con tal de salvar su pellejo y el de los suyos.

Y vaya si se advirtió que este “advenedizo” de impoluto no tenía nada y que la rosca de militares de la contrainsurgencia, fundadores del FCN, que lo acompañaba era su peor carta de presentación. Pero ¿y qué? tenía la bendición de los pastores de las iglesias neopentecostales y de los señorones del sector privado, que hasta admitieron que lo financiaron anónimamente, aunque ahora estén arrepentidos de haberse arrepentido.

El problema es que Jimmy es producto del sistema. Un sistema que crujió y hasta se agrietó, pero nunca se cayó. Y no solo no se cayó, sino que demostró su enorme capacidad de recomponerse. Ese pensamiento que se asemeja al realismo mágico y que lleva a creer que las cosas van a cambiar con solo desearlas, con encomendarnos a Dios o con pensar que tenemos razón, nos ha llevado hasta aquí. Sí, Jimmy Morales se va y eso en sí mismo es un alivio. Pero lo que viene sigue siendo producto del mismo sistema que responde a los poderes fácticos y a las mismas roscas y titiriteros.

Lo que amerita este momento de cambio de mando no es volver al recurrido “periodo de gracia” ni a esperar que las cosas se hagan diferentes cuando se eligió más de lo mismo. La incapacidad de generar una alternativa real y con suficiente potencia es parte del problema. Y eso no cabe achacárselo al sistema. Lo que se impone es la articulación de un espacio amplio y unitario que permita generar equilibrios y contrapesos a favor de la gente e impulsar un programa democrático, es decir, de construcción verdadera de libertad e igualdad.