A contraluz

Chile en su salsa

Haroldo Shetemul @hshetemul

¿Qué pasó con el milagro chileno? Frente a las crisis que han afrontado la mayoría de países latinoamericanos, Chile aparecía como el modelo ideal con un crecimiento económico sostenido y la prosperidad que se derramaba en toda la sociedad que, por supuesto, significaba un mayor nivel de desarrollo humano. Era la vitrina envidiable de las hazañas de los Chicago boys y punta de lanza de la propaganda de la derecha neoliberal. Cuando estalló la crisis con movilizaciones callejeras, saqueos y quema de estaciones del metro, esa derecha saltó furibunda porque era imposible que fallara el modelo perfecto. Eso mismo habría pensado el presidente Sebastián Piñera cuando afirmó que estaba en guerra contra un enemigo poderoso, implacable y que no respeta nada ni a nadie. Por eso impuso toque de queda y lanzó al Ejército a las calles a contener las protestas.

De la noche a la mañana, el país próspero y estable se debatía en una aguda crisis social. Hasta el miércoles pasado se contabilizaban 18 muertos, cientos de heridos y miles de capturados. La presencia del Ejército en las calles hizo recordar a los chilenos los días aciagos de la dictadura de Pinochet, lo cual tomó visos más dramáticos con los abusos por parte de los militares. La represión desmedida generó más protestas y sumó a los sindicatos que efectuaron una huelga de dos días. En realidad, el aumento al precio del pasaje del metro fue solo el detonante de un descontento generalizado que se incubaba desde hacía tiempo en la sociedad chilena. “No es por 30 pesos, es por 30 años”, es la frase que resume el problema de fondo de un país que está entre los más ricos y estables del continente, pero que no ha resuelto el problema de la desigualdad.

El dogma liberal plantea que no es injusto promover la desigualdad. Para Hayek, la igualdad entre los seres humanos solo debe ser ante la ley. Si el resultado de la libertad individual no evidencia que unas formas de vivir tienen más éxito que otras no tendría sentido esa libertad. Por ello, la desigualdad económica es justa porque el mercado, el único mecanismo regulador posible, da a cada persona lo que es fruto de su esfuerzo. La justa distribución de la riqueza, entonces, es una mala palabra. Pero no todos comulgan con esas ideas, según las cuales no tendría nada de malo que el 1% de los chilenos se quede con el 26.5% de la riqueza y que el 50% solo tenga acceso al 2.1% de la riqueza del país, de acuerdo con datos de la Cepal. Pero los chilenos que salieron a las calles no piensan igual. Una cosa es la imagen para la exportación de un país próspero y otra muy diferente es el día a día de una población en proceso de pauperización, en un país donde hasta el agua está privatizada. En Chile se mejoraron las condiciones de vida, pero no la calidad de vida, como es el caso de una clase media más ampliada, pero en condiciones precarias, endeudada y con bajos salarios.

Debido a la intensificación de las protestas, Piñera guardó el hacha de la guerra y ofreció perdón por su “falta de visión”. Anunció un gran acuerdo nacional que podría ser el principio de un cambio o ajustes en el modelo chileno. “Es verdad que los problemas se acumulaban desde hace décadas y los distintos gobiernos no fuimos capaces de reconocer”, dijo el mandatario. El acuerdo incluye un aumento del 20% en las pensiones más bajas, aportes del Estado en el sistema privado de pensiones, subsidios a medicamentos, salario mínimo garantizado, congelamiento de tarifas de electricidad, baja en los sueldos de los diputados y mayores impuestos a los sectores pudientes. Estas medidas sociales e intervencionistas son una muestra clara de un viraje en el modelo neoliberal que ya hacía aguas, y que ahora Piñera, un derechista liberal, entiende que debe haber un cambio. Solo el tiempo dirá si esas reformas son suficientes para contener el descontento popular.