Sin fronteras

Colección: Clima, migración, frustración

Pedro Pablo Solares@pepsol

Cuando llamé a Abelino —persona real, nombre ficticio— para darle la inmensa noticia, no anticipé que su grado de analfabetismo fuera tan severo. Llamaba, pues, fui encomendado para comunicarle el acto de filantropía de dos parejas en Nuevo México que decidieron enviarle dinero para pagar la totalidad de su deuda con una cooperativa, dinero que había usado en un viaje infructuoso al Norte; viaje infructuoso que terminó en una dolorosa deportación. “Abelino”, le dije; “necesitamos tu nombre exacto —tal cual está en tu DPI— para que el dinero te pueda llegar”. Aunque sabía que él no leía, en una penosa inocencia pensé que, con paciencia, lograría irme diciendo letra por letra su nombre, como algunos otros lo logran hacer. Pero Abelino cayó vencido tras intentar decirme las primeras dos letras de su propio nombre. Caí en cuenta de que el amigo no lograría deletrear una palabra, ni siquiera su propio nombre, aun si su vida dependiera de ello.

Cuando su cosecha de subsistencia se puso en peligro puso a trabajar su mente para una válvula de escape. Dicen en las aldeas que son tan solo dos semanas las que se necesita esperar para lograr irse de “mojado”, después de que se toma esa fuerte decisión. Esto, en algunas partes de nuestra ruralidad abandonada, donde la infraestructura de las redes de la migración y su producto del “Sueño del Norte” son tantísimo más fuertes que el Estado nacional ausente, y que sus mensajes políticos trillados de un futuro prometedor en casa. Tan poco como dos semanas, para quien tiene disponibilidad de una parcela de tierra familiar, por humilde que esta sea, la cual vende o deja en garantía con alguno de los varios proveedores accesibles. Pero ese escaso número de días que toma el proceso de escapar, desde fuera, pueden ser malinterpretados como que la decisión de irse puede ser repentina o caprichosa, en vez de una que responde a un estado permanente que inunda la realidad de quien ha vivido generacionalmente en la miseria, en la parte más baja de un Estado que permite la desigualdad y exclusión, en sus máximas expresiones.

En la actualidad hay especial interés en explicar el cambio climático como una causa sustancial del éxodo guatemalteco y de países vecinos. Y cierto como puede ser que este fenómeno del hoy influye grandemente en la emigración de campesinos que caen víctimas de las variaciones pluviales, vale también hablar del porqué este cambio de la naturaleza —que no es solo local— impacta en forma tan desproporcionada en el éxodo de las poblaciones del norte centroamericano, que según el gobierno estadounidense son la principal fuente de la inundación humana en las cárceles fronterizas, desde hace ya casi diez años. Un amigo experto en economía ambiental me advierte de interpretar el cambio climático como un multiplicador de inequidades. “Un fenómeno que hará que los más pobres se vuelvan aún más pobres; y que hará aún más vulnerables a los que ya son más vulnerables”. Un fenómeno, entonces, global, que al cruzarse con el decrépito estado de desarrollo humano nacional genera una auténtica bomba que se muestra en el enorme río migratorio humano tan solo como una de sus múltiples caras.

Estas líneas no son una pieza de opinión. Más bien, una manifestación por la rabia, una expresión de frustración, ante la falta de interés por crear un Estado que voltee a ver las necesidades de los abandonados. Uno se va hartando. Y se va haciendo latente que lo que se escriba con enfoques más técnicos queda relegado a un plano irrelevante en nuestra Guatemala de hoy. Disculpas.