Aleph

¿Cómo llegamos hasta aquí?

Carolina Escobar

Publicado el

Unos dicen que nosotros lo permitimos, otros que no se puede contra quienes ostentan el poder y tienen secuestrado al Estado, varios más aseguran que todo esto es culpa de las élites, a pesar de las innumerables resistencias que históricamente se han dado en Guatemala. El hecho es que llevamos varios siglos de turbulencias pero, durante la última década, la población guatemalteca tocó por instantes las puertas del cielo para luego pasar, directamente, a los círculos del infierno que Dante describe tan bien en La Divina Comedia.

Me refiero particularmente a los últimos círculos de ese infierno tan parecido al nuestro, con todas sus fosas llenas de brea hirviendo, donde los condenados son culpables por haber puesto intencionalmente la maldad en cada una de sus acciones. Allí están los que sacaron provecho ilícito de sus cargos públicos y engañaron a la gente, los hipócritas, los miembros del Sanedrín, los ladrones y asesinos, los sembradores de maldad, los violentos, los que cometieron fraude, los proxenetas, los aduladores y los traidores. Sobre todo, y muy abajo, los traidores.

Es devastador llegar hasta aquí, luego de haber probado que una instancia como la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (Cicig), podía abrir el sendero para una plena democracia y un verdadero estado de Derecho y Bienestar donde la justicia fuera independiente y las instituciones recuperaran algo de la solidez que habían perdido durante el desmantelamiento del Estado, después de la firma de los Acuerdos de Paz. Hoy, un ex presidente corrupto que vive a la sombra de una impunidad orquestada y sostenida por los tres poderes del Estado, se postula para diputado, mientras se vuelve a cocinar el sistémico fraude al que llamamos “elecciones” y el Honorable Juez Miguel Ángel Gálvez ha debido salir al exilio por amenazas a su vida y su seguridad. Así la dictadura corporativa e institucional en esta plutocracia tropical.

Con más de 30 jueces, magistrados y magistradas, operadores de justicia, fiscales y periodistas en el exilio, y la reconfiguración de poderes paralelos muy oscuros que gobiernan, ya no clandestinamente como antes, sino a la vista de todos ¿cómo llegamos hasta aquí? Apenas hace 9 años estábamos en el juicio por genocidio, y luego logramos poner en la cárcel a cientos de corruptos, entre ellos un presidente y una vicepresidenta. ¿Cómo llegamos a ser el país expulsor que somos y a depender prácticamente de las remesas? ¿Cómo es que nos hundimos más en los primeros lugares de desnutrición, pobreza, falta de educación, empleo y salud del mundo? ¿Cómo llegamos a tener miedo de desaparecer en una calle, de salir de noche, de encontrarnos con policías corruptos cada día?

Es cierto, “el opresor no sería tan fuerte, si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”, dijo Simone de Beauvoir. Pero también es cierto que las narrativas del poder son congruentes con las prácticas del poder y, en Guatemala, el poder es netamente económico. “Cuando el saqueo se convierte en el modo de vida de un grupo de hombres en una sociedad, no tardarán en crear un sistema legal que lo autorice y un código moral que lo glorifique”, dijo Frédéric Bastiat hace más de un siglo. Lo único que a Bastiat le faltó decir, es que este grupo de hombres también crea una narrativa que está en las redes, en la publicidad, en los medios afines a ellos y en todos los espacios de poder.

En un no-país saqueado y secuestrado, la mayoría de la gente vive en un contexto de economía de sobrevivencia, con miedo a perder su empleo o a no conseguir ninguno, si protesta por algo. O vive con miedo a ser un paria en una sociedad pequeña, cerrada y conservadora. De allí que, salir a las calles o hablar muy recio, para muchos, se convierte en una amenaza fuerte contra la propia seguridad. A menos que ya no se tenga nada que perder o que ya nada importe, y estamos cada vez más cerca de ello.