Con nombre propio

Covid: dolor y esperanza

Alejandro Balsells Conde @Alex_balsells

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Cuesta ver datos sobre enfermos, fallecidos y recuperados por la pandemia y es porque tras cada número hay historias de desafío y dolor. Hace justo diez días el covid se llevó a Geraldina, madre de un amigo de toda la vida, pero sobre todo un ser humano que supo, en mi vida desde bien güiro, acompañarme con su consejo, su guía, sus palabras de esperanza, de firmeza y voluntad. La muerte de un amigo es un sentimiento muy profundo y no hay muchos términos para describirla.

Perdón por utilizar este espacio para un tema personal, pero me ha costado muchísimo encarar la muerte de alguien tan querido por una enfermedad escuchada a diario, y además muchos han pasado por lo que acá trato, pero hasta ahora me tocó ver el virus a los ojos y encararlo por más de tres semanas, día a día en su lento andar, hasta su última consecuencia.

En el Hospital de Villa Nueva, el cual funciona aún en una modesta capacidad a pesar de estar preparado para mucho más, día a día personal médico y de enfermería hace esfuerzos, no solo científicos, sino sobre todo humanos para brindar la mano bondadosa, la palabra de esperanza y el consuelo en una lucha sin tregua.

Todos hemos bajado la guardia ante la pandemia, la noticia diaria no nos asusta y pretendemos vivir en la normalidad. En Bogotá, Buenos Aires, Lima y Santiago, grandes capitales de este lado del mundo se han tomado de nuevo decisiones de cuarentena colectiva y ni eso nos disuade.

Sabemos que el virus no debe combatirse solo con medidas restrictivas, la crisis es mucho más álgida y complicada; pero, sin duda, ¿por qué tenemos que esperar a que el virus toque la puerta de alguien a quien amamos para cambiar nuestra perspectiva y hasta para exigir al Estado nuestros derechos? No poder acompañar a la propia madre porque el virus lo impide, inhabilitados para abrazar, no poder orar junto a ella porque el virus lo prohíbe, provoca una muerte alejada de las personas a quienes se ha amado y un dolor más agudo y difícil. Luis, mi amigo e hijo de Geraldina, bien lo dijo desde el inicio: “Esto parece un secuestro”.

El doctor Juan Manuel Luna brinda sus esfuerzos para que en medios y en redes sociales nos informemos sobre el peligro que nos acecha. Hace unos días sacó un claro tuit, el cual resume la intención de estas líneas: “No nos va a matar el negacionismo, la ignorancia ni la necedad… Nos va a matar la falta de percepción de riesgo”, apuntó. Sin duda tiene razón, pero sobre todo también muestra su frustración personal y profesional al ver todos los días la gravedad y nuestro comportamiento sin ningún respeto por el dolor ajeno y el cuidado propio.

Hay dos formas de aprender: la primera y más segura, viendo cómo se hace y lo que otros sienten; la segunda, haciéndolo y sintiéndolo nosotros mismos. Es triste, ante el dolor de miles de familias y frente a los enormes sacrificios de médicos y personal sanitario, continuar concibiendo a la pandemia como simple parte del paisaje y que no aprendamos del tormento ajeno.

No se trata de recluirnos en un cuarto y ver pasar la vida, se trata de crear una conciencia más profunda y acciones más contundentes. El virus lo podemos contagiar en cualquier parte, de ahí vivir la nueva normalidad con más empatía. La experiencia de todos quienes se nos adelantaron, a un camino al que de seguro vamos, debe servir para hacernos más humanos, pero sobre todo más solidarios. La vida de Geraldina y de miles más así lo exige.