Cable a tierra

Cuando hay hambre, no hay paz

Karin Slowing karin.slowing@gmail.com

El mismo día que se conmemoran 24 años de la firma de la Paz, 3.73 millones de guatemaltecos están en riesgo de hambre, 27,149 niños menores de cinco años con desnutrición aguda, 30 ya fallecieron y miles más viven con desnutrición crónica, pero no se sabe, porque desde el 2015 no se hace una medición confiable de este indicador. Según el IGSS, se desafiliaron cerca de 100,000 personas este año, lo cual podemos tomar como un indicador indirecto —aunque parcial— de la pérdida de empleos formales durante el período de la epidemia; como Mineco le quitó al INE el presupuesto para hacer las Encuestas Nacionales de Empleo de este año, pues nunca sabremos a cabalidad el impacto económico, especialmente en la gente de clase media asalariada, que ya vivía al día. ¿Cuántos nuevos pobres se sumarán a la pobreza este año? Tampoco lo sabremos porque Encovi tampoco se hace desde el 2014. Lo que ha pasado con micro y pequeñas empresas, ni que decir. De lo que ha pasado en el campo se sabe un poco más, pues encima de la epidemia, que afectó severamente la producción y el comercio, por las medidas de contención de la movilidad, las tormentas Eta y Iota arrasaron significativamente la producción agropecuaria, los suelos, los poblados, las viviendas y también servicios públicos en las áreas más afectadas. Al menos obligaron a que se hiciera una evaluación, cuya estimación es de unos 1,600 millones de quetzales más en pérdidas que sufrió la población; una que, además, por el área que fue afectada, ya vivía en condiciones extremas de precariedad, abandono y abuso sufrido tanto por parte del propio Estado como de finqueros y terratenientes. Ha sido la historia leída todo este año, pero es también la de muchos años previos, con tormentas y epidemias y sin ellas.

Sin más, se fue un cuarto de siglo más y seguimos hablando de lo mismo. Guatemala y su desarrollo involucionan a pasos agigantados. Acá, se congratulan “de lo bien que están” aquellos pocos a los que aún sirve este modelo económico excluyente y concentrador de la riqueza en pocas manos. Para la mayoría: hambre, desempleo, migración y muerte. Eso no cuenta en sus estadísticas, en sus gráficos que lucen con orgullo porque lograron detener su debacle económica a costa de la salud de las mayorías. Hecho que tampoco sabremos, porque las cuentas del covid tampoco son cabales. Ya ni siquiera las cifras de la realidad se documentan. Se crea una ficción de país bien manejado, exitoso económicamente; mejor que otros, o a la par de los mejores. Difícil así superar los males que nos aquejan. Las remesas han sido el amortiguador de esta economía del fracaso. De una élite económica que no supo o no quiere construir país. Que prefirió aliarse con cuatreros, narcos y traficantes para mantener el control.

La firma de la paz implicaba tocar el modelo económico, el sistema político, y el engranaje social para hacerlos más incluyentes y democráticos; para evitar desigualdad extrema y restablecer la convivencia entre pensamientos y cosmovisiones diferentes. Pero más bien se usó como excusa para privatizar bienes públicos, servicios esenciales y para ampliar los negocios particulares para el grupo de siempre, y luego, para otros que vieron en la exacción del erario público la única manera de hacerse ricos, y ante la falta de mecanismos legítimos y honestos de movilidad social ascendente.

Si, hace 24 años se logró firmar la Paz, pero se hizo de todo para impedir que cambiara el modelo de sociedad y de economía. Las cosas que no evolucionan, terminan por involucionar y eso nos está pasando. Preservar este modelo de sociedad ha costado ya demasiadas vidas y nos está costando el país mismo.