Aleph

De pactos y traiciones

Carolina Escobar

Hay tres cosas que hoy definen a Guatemala: la corrupción, la traición y la polarización. Esto me ha llevado a pensar, recurrentemente, en la Francia de 1792-1793. Los diputados girondinos y jacobinos encarnaron, entonces, la fuerte polarización existente, mucho más profunda aún entre la ciudadanía cansada de los abusos de la monarquía. Entre los más radicales jacobinos estaba Robespierre, quien pronunció la histórica frase de “Luis debe morir para que Francia viva”; luego estaban los más moderados girondinos que decían que la monarquía debía seguir, siempre y cuando el rey se convirtiera en un monarca constitucional.

Aquí se dio la traición: Luis XVI había asegurado que sería un monarca constitucional, pero en su correspondencia descubierta entonces, sostenida con la monarquía europea y otros aliados políticos decía lo contrario. Ellos habían pactado que Luis encabezara la contrarrevolución francesa y volviera todo atrás, poniendo en riesgo la seguridad nacional y los avances de la incipiente república. Fue este doble juego lo que hizo que girondinos y jacobinos decidieran su ejecución, al considerarlo un traidor a los principios constitucionales que había jurado defender, y lo que al final hizo que la cabeza de Luis Capeto, el último monarca absoluto de Francia, pendiera de una pica en medio de los vítores de una ciudadanía indignada. Otros factores: el rey y su familia habían intentado huir, existía una mayor libertad de prensa que permitía una opinión amplia de la ciudadanía sobre el papel de la monarquía, los sectores políticos a favor y en contra tuvieron argumentos estructurales sobre los errores políticos incuestionables de su gestión y, como ya se dijo, la correspondencia descubierta, en donde él mismo se condenó ante la historia como un traidor más.

Esto sucedió lejos y hace más de dos siglos. Hoy ya no se cortan cabezas. Pero la historia hay que leerla y asimilarla, porque los humanos tendemos a repetirnos. Guatemala ha tenido su propia monarquía tropical, antes más endogámica, hoy más transformer, mezcla de capital tradicional, emergente y narco; linajes viejos y nuevos, conservadora en unos casos y extravagante en otros, pero granítica cuando hace falta. En la práctica, pasamos de ser un Estado colonial a uno nacional, pasando por uno finquero. En teoría, a partir del proceso de construcción histórica de los Estados modernos que parten de la Revolución francesa, Guatemala se convirtió en un Estado nacional. Luego se habló de un Estado desarrollista y, más tarde, de uno democrático. Al mismo tiempo llegaron las entidades supranacionales y la globalización y transformaron la razón de ser de las instituciones políticas, dependientes, en su mayoría, de las instituciones y agentes económicos. Hoy, la realidad nos hace hablar de Guatemala como un Estado mafioso, un narcoestado o una cleptocracia. La pandemia le sacó una radiografía más exacta al Estado y aceleró los procesos de descomposición existentes. En medio de un continuum de crisis y de las incertidumbres de un tiempo que no sabe cómo encajar los intereses del mercado con los del Estado, uno de estos procesos en descomposición ha sido la elección de Cortes y la falta de independencia judicial, a partir de la captura del Estado y de la traición de un mafioso pacto de corruptos que, en lugar de defender los intereses de todos, ha defendido solo los propios.

La alianza entre Gustavo Alejos, la CSJ, el sector empresarial organizado, el Ejecutivo, el Congreso y la estocada final dada por el MP quiere golpear aún más a este famélico Estado, a la CC y al PDH, así como liberar a corruptos cuyas colas llegan hasta los actores antes mencionados. Es en estos momentos de tensión cuando se formulan las preguntas esenciales, como aquella que llevó a jacobinos y girondinos a votar sobre el destino de Luis XVI: “¿Es culpable de conspiración contra la libertad y de atentar contra la seguridad del Estado?”