Punto de encuentro

Delirio autoritario

Marielos Monzón @MarielosMonzon

Era difícil imaginar que alguien pudiera disputarle a Jimmy Morales —“el elegido”, como le llamaba su rosca de aduladores— la titularidad como el presidente más delirante de la última década en Centroamérica. Pero con lo ocurrido este domingo 9 de febrero en El Salvador, Jimmy tiene un férreo contrincante.

Y no es que no haya hecho suficientes méritos para mantenerse como el número 1, pero lo de Nayib Bukele en la asamblea legislativa de El Salvador, cuando irrumpió rodeado de policías y militares con fusiles de asalto, cascos y chalecos antibalas, usurpó la silla del presidente del Congreso y amenazó con disolverlo si los diputados no votaban como él ordenaba, para luego afirmar que habló directamente con Dios, quien le pidió “paciencia” antes de concretar una “insurrección”, es una escena digna de las patéticas apariciones públicas del expresidente Moralejas.

Al autoproclamado presidente “más cool” del mundo le salió la veta autoritaria. Su ego desbordante y un proyecto político personalista quedó evidenciado desde el primer día: órdenes a sus ministros por tuiter, ataques a periodistas y analistas independientes desde sus redes sociales, lo que llamativamente hace activar al instante a un ejército de netcenteros; y selfies “irreverentes”, como ocurrió durante su discurso ante la asamblea general de la ONU. Desde la campaña electoral lo habían advertido varios colegas salvadoreños de los medios independientes: Nayib Bukele no era un “millenial simpático”, sino un político populista, antidemocrático y autoritario, y lo seguiría siendo de ganar la presidencia.

Pero como también pasó en Guatemala, luego de décadas de gobiernos corruptos e incapaces que generaron un sentimiento generalizado de rechazo a la “vieja política” —azuzado por discursos y narrativas de las élites interesadas en seguir teniendo títeres a su servicio—, la gente termina eligiendo lobos con piel de oveja.

Y son estos candidatos cool quienes convertidos en presidentes terminan por minar nuestras débiles democracias. Y entonces las derivas autoritarias, los delirios caudillistas y la infame mezcla entre religión y política vuelven a aparecer en escena y nos retroceden a esas décadas que parecían enterradas, a esos años en los que la amenaza armada y el poder militar se utilizaron para imponer decisiones políticas y amedrentar a críticos y opositores. La irrupción de soldados en trajes de faena en el medio del congreso salvadoreño —bajo las órdenes de Bukele— es la descripción gráfica de un populismo mesiánico.

El enojo del presidente salvadoreño tiene que ver con la negativa del congreso de su país de aprobar un préstamo por 109 millones de dólares para la tercera fase de su plan de seguridad territorial. Bukele acusó a los diputados opositores de “ladrones y sinvergüenzas” y aseguró que no quieren autorizar estos dineros porque tuvieron negocios con las maras. El periódico digital El Faro publicó una investigación periodística titulada Nayib Bukele también pactó con pandillas (Carlos Martínez 28/06/2018), que deja muy mal parado al presidente con este argumento y le quita toda legitimidad a sus acusaciones.

Por supuesto que los gobernantes tienen derecho a utilizar mecanismos legales y políticos legítimos para hacer avanzar su agenda de trabajo. Lo que no se puede es coaccionar a punta de pistola —literalmente— a los miembros de otro poder del Estado y amenazar con disolverlo para tener el control absoluto. Los golpes y autogolpes, con la complicidad militar —aunque se les quiera disfrazar de insurrección popular— indefectiblemente destruyen las democracias y eso, lamentablemente, ya sabemos cómo empieza y también cómo termina.