Aleph

“Democracia”

Carolina Escobar

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Nunca he entendido bien por qué seguimos hablando de partidos políticos y de democracia en Guatemala, cuando sabemos que los partidos se han convertido en hermandades mercantiles para la corrupción y el despojo y los tres poderes del Estado funcionan a la sombra de una dictadura gremial, orgánica y sistémica orquestada por el gran capital, sobre todo el tradicional, aunque cada vez más también por el capital emergente. Decir democracia aquí es nombrar un anhelo, no una realidad.

El “no estamos solos” apenas consuela, y parte de lo que sucede en los procesos electorales que se han venido dando en algunos países del mundo, particularmente en la región latinoamericana, donde cumplimos a cabalidad con la formalidad de los procesos electorales democráticos, mientras vemos cómo resurgen, con las diferencias que necesariamente hay que hacer, los totalitarismos y autoritarismos de todos los colores en Nicaragua, Brasil, Chile, Venezuela, Honduras, El Salvador, Argentina y Guatemala, si no más.

Cuando hablo de totalitarismos, ya saben que hago referencia a un régimen donde el Estado regula todas las relaciones del ámbito público y controla la mayoría de aspectos de la vida de las personas; pero cuando se trata de autoritarismos, hablamos de que existe una única mentalidad generalizada que justifica el régimen autoritario (Nohlen, 2003). ¿De qué democracia hablamos, entonces, en un país como Guatemala, que ve cómo se fractura la gobernanza cada vez más, gracias al abismo que se ha abierto entre el accionar de los políticos y las necesidades de la gente?

Si vemos cuáles son los elementos que constituyen la democracia, sobre todo cuando se autodenomina representativa, y si revisamos el papel de las instituciones electorales en particular y de las estatales en general, ¿dónde queda nuestra supuesta democracia? ¿Acaso el Tribunal Supremo Electoral no está también tomado por la corrupción desde mucho antes de las próximas elecciones? ¿Acaso las elecciones en la Corte de Constitucionalidad no dejaron allí a los operadores de las mafias? ¿Y el retraso en las elecciones de la CSJ?

En la antigua Grecia, cuna de la democracia, las mujeres, los esclavos y las personas discapacitadas no formaban parte de aquella autodenominada comunidad democrática de iguales. Hoy, con algunos pocos avances, estamos casi en lo mismo. Para probarlo, solo hace falta ver el salto atrás que dio Guatemala a partir de la salida de la Cicig y la consiguiente reconstitución de las mafias criminales que nos gobiernan. Otra medida para saber cuán democráticos somos podría partir de nuestra respuesta a las siguientes preguntas: ¿hay aquí libertad de expresión, asociación y beligerancia política? ¿hay representatividad plena de hombres, mujeres, pueblos mayas, ladinos, mestizos? ¿hay limitación del poder de un gobernante? ¿hay apego al estado de Derecho consagrado en la Constitución? ¿hay libertad de prensa y opinión? ¿hay un pleno respeto por los derechos humanos? No, no, no, no, no y no.

Cumplimos lo formal: la presencia de muchos partidos políticos, el sufragio universal, libre y secreto (a medias); la alternancia en el poder (cambian los títeres pero no los titiriteros) y nos organizamos en un sistema republicano cuyo liderazgo recae en un presidente (hablando de títeres). Pero democracia no hay.

¿Los partidos políticos sirven hoy para algo, siendo que deberían representarnos y, sin embargo, están tan lejos de nosotros? ¿Nos sirve hoy una definición como democracia, crecida a la sombra del capitalismo en su versión más rapaz e incapaz de contener los abusos de poder? ¿O escribimos “democracia” con comillas, reconociéndola como una de las grandes utopías de todos los tiempos?