Con nombre propio

Dependerá de nuestro concepto de dignidad

Alejandro Balsells Conde @Alex_balsells

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En nuestro país el escándalo es común. No es extraordinaria la noticia bomba, en realidad la profesión de periodista constituye un verdadero arte, porque buena parte de ella radica en poder seleccionar, entre todos los estruendosos acontecimientos, cuál es el prioritario, ya que el menú da para todo. Muchas veces me he puesto a pensar y a jugar con la mente cómo es que se decidirá el titular de Prensa Libre de mañana e imagino una sala llena donde cada quien sugiere algo más grave.

Las redes sociales son un gran medio de debate, diálogo, información, entretenimiento, discusión, pero también constituyen fuentes de desinformación, dolosa o culposa, sobre diversos temas, y si con el coronavirus se lee cualquier barbaridad, que constituye una materia científica, no digamos respecto de lo que conocemos como derechos humanos. Esto crea un imaginario colectivo muy difícil de combatir porque los violadores de los derechos humanos son hábiles en posicionarse y sorprendernos a los incautos usuarios.

No podemos entender, en nuestra dimensión occidental, los Derechos Humanos si no partimos del concepto de dignidad. Una sociedad con un empoderamiento de sus derechos será más exigente frente al poder y a sus autoridades porque exige lo que es propio, pero lo reclaman porque su dignidad los motiva.

Respecto de los Derechos Humanos, el tema no es que un alemán, canadiense, sueco o japonés tenga más dignidad que un haitiano, hondureño, boliviano o guatemalteco, sino que existen sociedades que han obtenido niveles de desarrollo en buena medida porque sus procesos sociales han empoderado a sectores específicos. Estos han logrado concretar los anhelos de respeto a sus derechos humanos, que, al ser progresivos, sus alcances son mayores cada vez, pero lo son para todos, porque son universales.

El maestro y amigo Larry Andrade Abularach, en su ensayo Reflexiones sobre el Fundamento de los Derechos Humanos, editado en la Universidad Rafael Landívar, ilustra sobre el tema al apuntar: “El posterior desarrollo de la noción de dignidad y de su sustrato, el concepto de persona, se encuentra estrechamente vinculado con el pensamiento cristiano. Con respecto a la noción de persona, puede señalarse que la aportación cristiana en la configuración universalista y trascendente de esta fue decisiva. Ciertamente, en el mundo griego no concurría el universalismo, ya que se mantenía la reducción del hombre al ciudadano, de tal modo que a los extranjeros se les consideraba potenciales esclavos”.

La universalización de los Derechos Humanos nos indica que todos tenemos los mismos derechos, pero en Guatemala buena parte de la sociedad está segura de “ser la buena”, “ser la elegida”, “ser la correcta”, y por ello se ven con tan buenos ojos represiones a la libertad de expresión o a la libertad de acción. Acá buena parte de la élite no cree que todos tenemos los mismos derechos y puede que esta sea uno de los problemas más complejos y difíciles por resolver.

Un conjunto de personas, para vivir en comunidad, debe respetarse, y ese respeto se basa en la concepción que se tenga de la dignidad propia, pero también de la ajena. Fátima fue una niña secuestrada y asesinada en México por dos irracionales. Este hecho movilizó a una sociedad sobre el reclamo popular; en Guatemala tenemos muchas Fátimas que no ocupan más que una columna en la página de sucesos. Algo está mal en nuestros corazones y esto se traduce en no dignificarnos como seres humanos todos por igual.

Al ver el nivel de desintegración de nuestro tejido social sale a flote el clasismo y racismo en constantes comentarios de odio y exclusión. Algo pasa con la concepción de la dignidad ajena.