Sin fronteras

Después del encierro ¿nueva crisis migratoria?

José está en la plenitud de su juventud. Cerca de los 25, su esposa le ha dado 3 hijos. Los últimos dos, recién nacidos. Son gemelos. El nombre de este hombre es imaginario, pero lamentablemente, sus condiciones no. En marzo, fue “suspendido” de la empresa de seguridad donde trabajaba. Su salario mínimo, de un día para otro, desapareció. Antes de tener a los niños, su esposa había hecho trabajo doméstico en la zona 15. Llamó a sus exempleadores, y se organizó una colecta de víveres. Cuentan quienes fueron que al llegar a Villalobos, la tensión económica de la que se discute, cobra vida y color. Con su salario, José compraba leche en fórmula para sus dos criaturitas cachetonas. Ahora, lamentan creer que la ayuda estatal jamás les llegará. Son de esa masa que alquila un cuartito en una casa donde caben otras 4 familias. Esto, para ellos, es una crisis de sobrevivencia. Y ese tipo de crisis motiva soluciones extremas. Ninguno de los dos es capitalino. Con una de Comitancillo y el otro de Chisec, las condiciones de sus rurales covachas son las que han motivado a sus pares a, en vez de emigrar a la capital, a hacerlo hacia aquella tierra de ilusiones.

Pienso en millares de centroamericanos que tienen un pensamiento común, desarrollándose hoy como olla lenta en su mente. ¿Cuántos de ellos dicen “Cuando se levante este encierro, jalo para el Norte”? Si los hay, y hay bases para pensar que los hay en abundancia, este 2020 es un tiempo crítico para lanzarse a eso. La década ha sido un caótico estira y encoge, una batalla campal entre oleadas de centroamericanos, y los directores de seguridad estadounidenses que, todos, en alguna u otra forma, han impulsado la estrategia común de disminuir —no necesariamente detener— nuevos flujos centroamericanos que venían en explosivo aumento. En el episodio presente, el de 2020, se había logrado neutralizar la tendencia del lustro de entrar a ese país de una forma más segura: La de llegar a la frontera, y en vez de esconderse de “La Migra”, entregarse a ella, arguyendo miedo de regresar a su país. Un tecnicismo de las leyes federales. En su año de reelección, el presidente Trump había puesto todos los leños en la caldera para reflejar cifras que mostraran éxito. Logró reducir las rendiciones en fronteras. Pero quién sabe cuántos siguen entrando “a la antigua”, que es cruzar a escondidas, en una práctica que en el gran esquema es clandestina.

La realidad obliga a anticipar una nueva crisis de gobernabilidad causada por la migración. Con una población que conoce su camino hacia el Norte, preocupa que se generen nuevas olas cuando se levante el encierro. Pero no solo olas guatemaltecas. También un flujo desde el sur, quizá hasta nuevas caravanas. El momento para que esto se dé no podría ser peor. Con una alerta sanitaria “marca Coronavirus”, el peligro de peregrinos pasando por los territorios rurales es inminente. Las comunidades lo saben. Todos, locales y extranjeros, corren peligro. Además, el solo pensar de un desborde migratorio en plenos meses de campaña estadounidense, significan un peligro nacional. La última vez que Trump somató la mesa, amenazó con sanciones cuyos resultados habrían sido catastróficos. Olas de deportaciones masivas condenarían al país a un peligro sanitario incontrolable. Pero estos escenarios analíticos no pasan por la mente de José. En su olla de cocimiento solo entran los ingredientes de sus opciones reales. Cuando se abra el transporte, lo han pensado, se irán a Chisec donde no pagan renta. Pero en su aldea rústica en el departamento más pobre del país, sabemos que tampoco hay para leche en fórmula. ¿Cuánto tiempo pasará para que José busque irse a la jodida? Póngase en sus zapatos. A él le toca ver todos los días cómo los cachetes gordos de los gemelos empiezan a perder su forma.