Cable a tierra

Economía política de un virus

Karin Slowing karin.slowing@gmail.com

Los seres humanos somos una especie altamente letal para el planeta y, sobre todo, para nosotros mismos. Hemos construido sociedades, economías y modos de vida que no son sustentables para los ecosistemas que habitamos. No es un fenómeno necesariamente de presión demográfica, o no solo de presión demográfica, sino, sobre todo, debido a que a una pequeña parte de la especie no le importa sacrificar al resto —ni a nuestro hábitat— con tal de acumular continuamente recursos y riqueza. Riqueza que servirá de poco cuando no queden bosques, cuando ya no haya agua para beber o para producir alimentos; o cuando la nueva gama de amenazas a la salud, tales como virus emergentes —fabricados o prexistentes— o bacterias resistentes a cualquier antibiótico, u otro tipo de amenaza natural o socialmente construida, se impongan sobre el conocimiento y la tecnología que ha sabido desarrollar la humanidad a la fecha y que nos ha permitido colocarnos, durante un largo tiempo, como la especie dominante del planeta.

De lo que he leído deduzco que el impacto del “coronavirus” se está haciendo sentir porque está afectando la economía global, al ser los habitantes/trabajadores/consumidores de ciudades y regiones del hemisferio norte los primeros afectados. Las cuarentenas masivas han detenido temporalmente la producción, desaceleran el comercio y la prestación de servicios en economías que están estrechamente interconectadas. La intensidad del flujo y movilidad de personas entre estos países es un factor que ha contribuido también a la rápida expansión territorial del virus.

Afortunadamente, el coronavirus no parece —al menos por el momento— ser en extremo peligroso, aunque siendo un virus emergente no se sabe todavía sobre sus efectos sobre el ser humano en el mediano y el largo plazo. En principio es un virus que se contagia fácilmente, pero que tiene poco efecto letal en los individuos, a menos que su sistema inmunológico esté comprometido. Virus mucho más agresivos y letales como el ébola, la malaria o el zika tienen un patrón de distribución poblacional y territorial diferente, por lo que, aunque su tasa de letalidad y secuelas son mucho más graves, pasan mucho más desapercibidos en la escena mundial porque afectan principalmente a individuos que están “menos integrados” a los circuitos de la economía global, por decirlo de manera elegante.

Sin embargo, la celeridad con que están modificándose y deteriorándose los ecosistemas en todo el planeta, producto del calentamiento global, podría fácilmente hacer que surjan eventualmente virus mucho más letales, de afectación masiva, tanto poblacional como económica.

Estamos viendo que la capacidad instalada de los sistemas públicos de Salud es un factor que puede hacer la diferencia. Ya lo vimos en China, o en Corea del Sur. Lo que está en juego no es solo la capacidad para atender a los enfermos graves, un sistema de salud pública efectivo sirve precisamente para reducir los efectos sociales y económicos de las enfermedades que aquejan a la población. En Guatemala aún no lo queremos comprender. No queremos financiar el sistema de salud pública. Mandamos a la gente a lavarse las manos, pero falta el agua en las casas, las escuelas y hasta en los hospitales. No sabemos cómo se va a comportar el virus en una población eminentemente anémica y desnutrida, y que vive hacinada. Estamos en la antesala de la Semana Santa, época en que muchas empresas producen ingresos que cubren sus operaciones de buena parte del año. Entre esto y el pensamiento mágico-religioso dominante será difícil entender la aplicación de medidas necesarias para reducir el contagio. Todo un desafío para el MSPAS.