Sin fronteras

Educando, convenciendo, es más bonito

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La señora se monta en su carrito temprano en la mañana. Va sola a hacer el mandado, sin que nadie le acompañe. Diligente, lleva un kit coronavirus que armó para protegerse. Con consciencia ejecuta un protocolo, hasta que llega el momento de la bendita mascarilla. ¿Por qué y para qué ponérmela, si voy en solitario? Eso se pregunta cada día. En una reunión virtual con amigos y familia, hace la pregunta. Nadie parece poderle dar una respuesta coherente. Más bien, algunos confiesan que transgreden la norma, escondiéndose detrás del anonimato de los vidrios polarizados. Si hubiera una respuesta recurrente, con el respeto del caso, diría que lo que piensan muchos es que son solo “tonteras del presidente”. Estar desconectado de la población gobernada es un problema serio para quien aspire al liderazgo. No digamos para quien pretenda gobernar cualquier lugar. El hogar, un colectivo, una empresa, o un país.

Otro señor anda por ahí frustrado. Su actividad con las ventas por el suelo. Desesperado, jamás pensó que este año fuera a andar de bailes tan pegado con la pobreza. En un grupo de WhatAapp descarga una rabia autoritaria. Una que se escucha con frecuencia preocupante: “Se tiene que controlar al chapín, necio, que ni a palos entiende”. Harto, el pueblo derrocó a Ubico y a una tradición dictatorial hace ya tanto, que se acerca el centenario. Pero aún hoy, en el pueblo existe ese pensar: que se nos debe controlar a palo. Como Ubico, como Franco, como Ríos, como Arzú. Se ha visto, sin embargo, cómo el mismo chapín actúa diferente en otros lugares a donde ha decidido emigrar. En el extranjero, se acopla a las reglas, sin necesidad de palo. Y existe la percepción de que esto es porque en esos países la ley se impone. Creo sinceramente que hay más detrás de ese comportamiento. Aún cuando están en solitario, la gente, actúa en positivo cuando está motivada. Como me dijo alguien una vez en una feria chapina: “nadie quiere ser el único idiota que rompa el orden que funciona”.

Esa confianza, de que la norma tiene un propósito común y que funciona, empodera al gobernante a ser sincero. A exponer un problema, a explicarlo, a convencer. A ganarse el respeto. Esto, claro, si ha llegado a eso, a gobernar. Pero recordamos las palabras de los informes de la Cicig, y del comisionado Velásquez que explicaron, entre otras cosas, cómo el sistema electoral está diseñado para armar equipos que sirven a propósitos de financistas poderosos, y no los fines nacionales. Y si creemos en la veracidad de esos informes, inevitablemente concluimos que el equipo de Gobierno actual también fue autorizado por esos financistas, no necesariamente para enfrentar los dilemas de país. Dos mundos paralelos distantes y desconectados: los financistas haciendo negocio de las crisis, y un pueblo huérfano, abandonado a su suerte que no obedece normas que no entiende, en las que no cree y que le parecen improvisadas.

A diferencia de países más democráticos, nosotros aún vamos atrasados en descifrar la estrategia para abrir la actividad, minimizando el impacto sanitario. El riesgo de un desastre humano, es inminente. El presidente Giammattei, médico, tomó posesión en enero, cuando la pandemia ya estaba en desarrollo. Aun así, no la mencionó ni una sola vez cuando tomó posesión. A las pocas semanas, se vio obligado a retirar viceministros de salud, acusándolos de ser corruptos. Él mismo los había presentado como idóneos. Hoy, hay expectativas sobre el nuevo gabinete de salud. Pero será positivo que se ganen la confianza de este pueblo abandonado. Exponer, proponer, convencer. Explicar, e invertir fuertemente en educar. Para qué la mascarilla. Por qué lo de las placas. Dar proyecciones en positivo. Mostrarnos una luz al final del túnel. No sé ustedes. Yo, seguro que ya lo necesito.