Sin fronteras

El canciller con botas

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La vestimenta ayuda a revelar el yo interior. Una esencia personal que cuando se es miembro de un Gobierno, da pincelazos del mundo al que aspira a servir ese Estado. En la Cancillería, la casa de las altas formas, esta no es cuestión que pase inadvertida. Más bien, es donde se resalta. Lo mira uno cuando ingresa a una sede que es parte de la estructura. Ya sea en la planta central, en ese barrio de abolengo de la zona diez, o cuando se va a cualquiera de sus misiones en el exterior. Que no quepa duda: cuando uno ingresa a una embajada, el cuerpo se yergue de forma instantánea. Uno aprieta la barriga —por si el saco queda estrecho— y se cierra el botón. Y es que la diplomacia llama a la elegancia. El protocolo —norma que es internacional— toma vida. No por nada, hay toda una unidad de ese Ministerio que pule la tarea. El problema, sin embargo, llega cuando la elegancia de una corbata bien atada, cuando el color del casimir bien escogido, son apropiados para los altos escenarios internacionales, pero no para la situación de la nación. Es ahí donde afloran los clavos, porque se muestra lejanía de lo que le es propio a uno.

Un canciller representa la posición nacional ante un mundo que bien conoce la situación de cada uno de sus miembros. Y uno puede suponer que el mundo percibe a Guatemala, un tanto menos como ese edén de los negocios que algunos se empeñan en promocionar, y un tanto más como el lugar condenado a los últimos peldaños de los indicadores de calidad de vida. Un lugar marcado por noticias que dan vuelta al mundo en los titulares influyentes. Antes, en el siglo pasado, esas noticias mostraron a un pueblo destruido por un conflicto sangriento. Nos identificamos como un lugar de genocidio. Luego, vino la emigración. Es nuestra marca de país. Desde 2014, hemos dado la vuelta al mundo en titulares recurrentes. Niños nuestros, enjaulados en el sur de Texas. Caravanas masivas de tránsito por nuestra tierra. Familias separadas, niños fallecidos, mientras estaban apresados. Las filas de la deportación. En cada una de las tragedias, se ha expuesto algo mucho mayor que la pobreza recalcada. Con justicia, se ha mostrado una miseria que es la realidad de quienes viven en lugares sin esperanza en el porvenir.

Nuestra catástrofe migratoria se arreció en la década pasada. En ese lapso, vi a cinco ciudadanos ponerse en la solapa el botón de canciller. Dieron discursos y dieron recomendaciones. Se atrevieron a hablarle a quienes buscan emigrar. Pero fíjese en esto que es extraordinario: Nunca vi a ni uno solo de ellos ir a donde se origina la emigración masiva. Digamos, a Huehuetenango, que es el departamento que más expulsa. O a San Marcos o a Quiché. Ni a las cabeceras, no digamos a las aldeas. No ha ido el ministro. Ni el viceministro. Ni siquiera algún director de unidad. Y no hablo solo de simbolismos, pues nada más grotesco que esos que se disfrazan de ocasión. Hablo de un paso auténtico por ir al lugar y entender un problema.

Este año inició con el espanto de los nuestros masacrados en Tamaulipas. El canciller Pedro Brolo, anunció una campaña publicitaria para decirle —él— a la gente, que emigrar es peligroso. Él, en su despacho de la zona 10. Él, con su buen nudo Windsor en la corbata. Él, con un casimir en perfecto tono azul, hablándole a la gente, sobre lo que significa el peligro. A gente que ha enterrado los suyos por desnutrición, por violencia, por catástrofes, por angustia y desesperación. ¿En serio? Uno aspira algún día a funcionarios más cercanos. Funcionarios que manchen el calzado. Un problema internacional es nuestra emigración. Y la emigración mayoritaria es causada en la montaña. ¿Para cuándo un canciller con botas manchadas de lodo?

Pd. Vi en fotos que el nuevo secretario del Conamigua luce lo que parece ser, un Rolex con oro en la pulsera.