De mis notas

El covid entre Gabo, Asturias y Cervantes

Alfred Kaltschmittalfredkalt@gmail.com

No escribo yo, sino un alter ego llamado el Pincha, quien dice que pudo escaparse de la cárcel pintando un barco en la pared y soplando las velas. Y como su cuate Miguel Ángel, el Pincha es mágico, posee una mente inquisidora y cuestiona cuanta bobería metafísica se le atraviesa: ¿Por qué? —reclama— si es posible venir en avión sin el virus después de un hisopado que llega hasta la pituitaria —donde reside la intuición y los sueños de gente soñando— ¿no permiten salir a las playas, a los lagos, a los ríos y a las lagunas, donde se mueve el viento al ritmo anticovidiano y la inmunidad biológica que vence a los emperadores asturianos?

Pero me contestaron que no hay respuestas, porque la esfera donde las hay es un lugar con ínfulas de reino donde mandan los más torpes y a los listos los utilizan para hacer fotocopias de tazas humeantes de café de altura que reparten en las oficinas. Y hay un desorden mayúsculo, porque cuando caminan se pisotean unos a otros, y al hacerlo se les abre la boca y estornudan virus de ideas donde solo se puede atravesar el enredo rindiendo pleitesía y contraseña de la jefatura mayor o menor. En todo caso, con reverencia o sin ella, las ideas estornudan ingenuidades que todos deben acatar.

El Pincha no cesa de hablar y relata visiones de 35 mil millones de juegos de naipes jugando la danza de los melones en las esquinas de una despensa vacía llamada “Nadie pasa sin saludar al rey”. Le dijeron que no hablara en voz alta porque despertaba los espíritus de los ventiladores sin viento y las venganzas de los lagartos sin pantanos.

Entonces se fue a reclamar a los humanos derechos y solo encontró unos rótulos de vulvas con leyendas de reclamos arcaicos, “donde la virtud más perseguida es de los malos que de los buenos…”

El Pincha se detiene un instante a tomar aliento y recuperar inercia; y prosigue la perorata contando de su guerra contra gigantes, y mientras lo hace, oímos una jauría de perros ladrando detrás de unos molinos de nixtamal, y esa era señal, porque “si los perros ladran es señal de que avanzamos..” hacia los mares, ríos y lagos y que nos vengan del norte los pedos del otro asturiano.

Pero tenemos que admitirlo, confiesa Miguel Ángel: “Nos duele nuestro país como si nos hubiera podrido la sangre. Nos duele por afuera y en la médula, en la raíz del pelo, bajo las uñas, entre los dientes”.

Observa el Congreso. Con solo unas cuantas golondrinas que no hacen verano, porque las que tratan de ser luz trayendo sol al huerto son tan pocas que no alcanzan para comerse los mosquitos chupasangre. Y de esos abundan, tanto, que cuando la noche cae sobre las leyes de sobrevivencia nacional se quedan dormidos cien años. Y han pasado tanto tiempo durmiendo el mismo sueño que hasta el pueblo que los eligió perdió la memoria y no saben quiénes son.

Y eso es lo que pasa en mi terruño, concluye con tristeza, que “Extraviados en la soledad de su inmenso poder, empezaron a perder el rumbo”. Se cumple la profecía de aquel compañero del barrio Cervantes que decía: “El año que es abundante de poesía, suele serlo de hambre”.

Sí, le respondí. Por eso hay que ponerle atención a las tristezas, porque “Las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias”.