PLUMA INVITADA

El cuento de hadas corrompido del príncipe Enrique

No soy ninguna monarquista. Sin embargo, estos últimos años me he sentido exhausta por el éxodo de Enrique y Meghan, que han dejado la vida palaciega por el cabildeo en Netflix, divulgando secretos a fin de reunir los millones que se necesitarían para vivir en Montecito con un estilo a la altura de Oprah, pero un poco más jipi.

' Este es un príncipe que necesita un abrazo. Su “Pa” no le dio uno, pues a este su madre tampoco lo abrazaba.

Maureen Dowd

Si Meghan Markle quería cambiar el mundo, ¿qué no podía lograrlo con mayor eficacia desde la monarquía misma, actualizando los viejos rituales, como lo hizo en su boda. ¿Cómo es posible que Meghan “se sorprendiera de que hubiera racismo institucional en la institución que creó el modelo de negocio más duradero de esta?”, escribió Alicia Montgomery en Slate.

¿Qué Enrique y Meghan no podían dejar de lado a Rupert Murdoch y la cobertura salaz de los tabloides, como lo hicieron los Obama con la cobertura vil que hizo de ellos Murdoch en Fox News? (¿Y qué la realeza no debería dejar de tener los tabloides en la mesa cuando desayunan?).

Enrique pensó que encontraría un cierre en la apertura. Nunca sentirá el peso de una corona sobre su cabeza, ¿pero de verdad su carga era tan pesada que necesitaba desahogarse en varios medios? Las peleas familiares parecían dignas de una serie de television cómica, el drama tan ampón como los vestidos de las niñas en la boda real. Yo tuve que lidiar con la fricción entre hermanos por causas políticas, así que aprendí a quedarme callada para poder seguir teniendo una relación con mis parientes.

¿Qué la pareja no podía seguirles el juego, como lo había hecho Diana, y torturar con mayor eficacia a la “villana” de Enrique, Camilla?

Pero ya que leí “En la sombra”, estas preguntas me parecen estériles. Es como preguntarle a Orestes: “¿Por qué no mejor hiciste las paces con tu mamá?”.

El incomprensible accidente de 1997 en el túnel Pont de l’Alma de París, el choque que extinguió el resplandor de Diana, una luminosidad recordada con tanto cariño por su hijo en sus memorias, convirtió a la Casa de Windsor en la Casa de Atreo.

Para conmoción e incomodidad de la familia real, la muerte de Diana abrió un torrente de emociones para los británicos reprimidos, y Enrique está decidido a mantener ese caudal fluyendo y asegurarse de que su madre sea vengada.

El libro se trata de cazar y ser cazado. Enrique cazaba a talibanes en Afganistán y animales en África y Balmoral y amor. Cuando mató un conejo de niño, su aya lo “sangró”: untó la sangre del animal en su frente. Cuando un Enrique adolescente mató un ciervo, su guía le metió la cabeza en el cadaver, para darle un “facial de sangre”.

Enrique suele identificarse con la presa. Una vez que había fumado mucha marihuana cuando estaba en Eton, vio un zorro y se sintió más conectado con él que con sus compañeros o familiares. Odia ser cazado por quienes él llama los “sadistas” de los tabloides, como lo fue su madre, al punto de pensar que tanto su cordura como su vida corren peligro, para él y para Meghan.

Este es un príncipe que necesita un abrazo. Su “Pa” no le dio uno, pues a este su madre tampoco lo abrazaba. (Tal vez por eso Carlos guardó su osito de peluche deshilachado hasta que fue adulto). El hermano de Enrique, preocupado por la primogenitura, mantenía alejado a su afectuoso hermano menor, a quien por alguna extraña razón llama “Harold”; y así se ganó su papel como el “archienemigo” de Enrique.

Entonces, Enrique se casó con Meghan, una persona que abraza a todos, como su madre, y se mudó al sur de California donde la gente se abraza apenas se conoce y adonde Tyler Perry, un desconocido, le ofreció a la pareja sin hogar su complejo en Los Ángeles y los famosos recibieron a la antigua actriz de “La ley de los audaces” entre sus filas.

Tengo que reconocer que, si fuera yo, habría soportado muchas cosas para vivir la historia, para ver el final de la era isabelina. Me habría encantado recorrer las Tierras Altas de Escocia con la reina en su Land Rover, bebiendo un termo de whisky escocés y escuchando todo lo que tuviera que contar sobre quien fuera.

Enrique, a quien hay que reconocerle que es muy autocrítico en el libro, recuerda su apodo de “el príncipe Lerdo” y admite que no era ningún literato. Se siente intimidado de que Meghan haya leído “Come, reza, ama”. También le interesa tan poco la historia —a pesar de que estudiaba a su propia familia— que un profesor le dio una regla de madera grabada con los nombres de todos los monarcas británicos desde 1066. Cuando tenía ocasión de charlar con su bisabuela, no interrogaba a “gan-gan” sobre sus ilustres y notorios antepasados. Él le enseñaba a decir “Booyakasha”, al estilo de Ali G.

Nada más no lograba interesarse en Shakespeare, pese a que su padre adoraba al bardo. “Abrí Hamlet”, escribió Enrique. “Mmm, ¿un príncipe solitario, obsesionado con un padre fallecido, ve cómo uno de sus progenitores se enamora de quien usurpó el lugar del difunto…? Lo cerré. No, gracias”. Enrique no es un intelectual, como Hamlet, pero sí se siente agraviado y obsesionado por su madre y por seguir lo que cree que son los deseos del fantasma de su progenitora, aunque ello provoque el colapso de la corte.

La lucha interna de Enrique no se trataba de “ser o no ser”, sino de “separarse o no separarse”. Desbarató, propaló y ahora, como al final de todas las tragedias shakespearianas, el escenario está bañado en sangre y repleto de cadáveres.

Enrique le comentó a un escritor del diario The Telegraph que el libro hubiera podido ser peor y que eliminó mucho contenido en el que salían mal parados su padre y su hermano. Dijo que solo “quiere salvarlos de sí mismos”.

 

*c.2023 The New York Times Company

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