Familias en paz

El desafío de la cruz

Rolando De Paz Barrientos rolando.depazb@gmail.com

Desde el siglo VI a.C hasta el IV d.C la cruz era sinónimo de muerte. Fue uno de los métodos de tortura y ejecución pública en el que la persona era atada o clavada, provocándole una muerte lenta. Buscaba no solamente la muerte del condenado, sino mantener al pueblo bajo control mediante el terror psicológico, para que nadie se atreviera a desafiar la autoridad.

Su origen no es romano, sino asirio. Fueron los fenicios quienes la introdujeron en el Imperio Romano, donde llegó a ser habitual y popular. Era utilizada en ciudadanos no romanos que amenazaban la paz, esclavos desobedientes o alborotadores de clase social baja, sospechosos de rebeldía y que cometían delitos graves.

Sin embargo, Jesús fue un hombre sin pecado, sin tacha, cuyas acciones buscaron hacer bien a los necesitados: dio vista a los ciegos, pan al hambriento, sanó a los enfermos y dio vida al que estaba muerto. La pregunta que surge es: ¿Por qué Jesús fue clavado en una cruz? El gobernador romano Poncio Pilatos no encontró motivo alguno para condenarle, pero aun así lo hizo y con el lavamiento de manos evadió el dictamen de su conciencia, convirtiéndose en el arquetipo del hombre que actúa más por temor a qué dirán que por convicción.

Dos mil años después, para los cristianos el significado de la cruz ha cambiado: ya no es sinónimo de condenación, sino representa el encuentro del amor y la misericordia de Dios con su justicia. En esto se resume el mensaje central de la Biblia: en mostrar que la muerte de Jesús redime a toda la humanidad de la esclavitud del pecado, presentándolo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Su muerte cumple con los requisitos del cordero pascual descrito en el éxodo del pueblo de Israel de Egipto, que para salvarse debían sacrificar un cordero sin mancha, y untar la sangre en los dinteles y postes de sus casas para que el ángel de la muerte “pasara sobre” ellas y así ser salvos. Fue Juan el Bautista quien le reconoce como el cordero pascual para que todos nosotros pudiésemos ser liberados del pecado.

Todos los que aceptan el sacrificio de Jesús, reconociéndole como el hijo de Dios, son llamados a tomar la cruz, pero no a la manera del concepto tergiversado que la presenta como una situación incómoda o molesta que hemos de soportar. Todo lo contrario, el llamado de Jesús es a negarnos a nosotros mismos de manera radical. Las indecisiones y el lavamiento de manos son para los políticos que evaden su responsabilidad histórica, pero para los verdaderos discípulos de Jesús la cruz ya no significa condenación, sino la muerte a la naturaleza de pecado. Esta dimensión comprendieron los cristianos del siglo I, para quienes pretender salvar sus vidas era perderla, y perderla por la causa de Cristo era ganarla.

La cruz es morir a la naturaleza pecaminosa para resucitar en una vida nueva, llena de Cristo. A este punto llegó el apóstol Pablo, un ciudadano romano que entiende la profundidad del llamado a ser discípulo declarando lo siguiente: con Cristo estoy justamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí por mí.

Reflexionemos la manera en que estamos viviendo nuestra fe, puede que nos encontremos debatiéndonos entre nuestras convicciones a la manera de Pilatos o que seamos como los miles de cristianos alrededor del mundo que son perseguidos a causa de su fe y sus convicciones, llegando a saber en realidad lo que significa llevar su cruz.