Escenario de vida

El descubrimiento del jade

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Cuando era muy pequeñita veía a mi padre, H.J. Nicol, asiduamente buscando vetas de jade en el interior de país. Era tal su fascinación que me contagió y desde entonces no paro de indagar sobre las maravillas que Guatemala posee con respecto a esta piedra semipreciosa. Nuestro garaje se llenaba de piedras de todo tipo, que coleccionaba a finales de los años 50 —pirita, jade, cuarzo rosado, madera petrificada, níquel y cobalto, entre otras—. Mi madre se horrorizaba pensando que por guardar tantas piedras en el garaje, saldrían culebras, por lo que casi no nos dejaba entrar y, por ende, amenazaba a mi padre con tirarlas.

Casi todos los fines de semana íbamos con mis padres y hermanos a las montañas y a lugares donde no había ni señas de civilización a buscar piedras —lo que llamamos canteras— y finalmente mi padre encontró algunas vetas en el Jute, el Manzanal y la Sierra de las Minas, pero no lo suficientemente grandes como para trabajarlas. Aunque mi padre no era geólogo, sino un exitoso empresario, distribuidor de Jeep, fue un autodidacta en la materia y sabía más de piedras preciosas que muchos que ejercían la profesión de geólogos.

Hoy en día me pregunto si mi venia de aventurera, ecologista y expedicionaria haya sido por la manera que me criaron de niña: amando el bosque, respirando la frescura del aire en las montañas y el agua cuando atravesábamos ríos en los jeeps 4X4 o cuando casi nos resbalábamos de los picos más altos por intentar subirlos. Cada fin de semana era una nueva aventura, un nuevo destino, un nuevo reto; todo por encontrar las vetas de jade y otras piedras preciosas, y pepenar toda piedra que brillara en el camino.

Si revisamos la historia, el curador William Foshag, del Smithsonian, pasó 20 años de su vida en busca de fuentes de jade en todo México y América Central. De allí que su obra, Mineralogical Studies en Guatemala Jade, fuese publicada en 1957.
Si mi padre viviera, encontraría mucha satisfacción en saber que Jay Ridinger por los años 70 y hoy, Mary Lou Ridinger, de Jades S.A. —Jade Maya—, han logrado seguir adelante con la búsqueda y descubrimiento de jade. A este gran esfuerzo luego se sumó Gerald Leech de Casa del Jade, ambos haciendo un tremendo trabajo en colocar a Guatemala como un destino del jade de la más alta calidad a escala mundial.

Según cuentan, Robert Leslie, quien cosechaba tomates por los años 50, se trabó un día con una piedra que jamás imaginó que se trataría de jade. Leslie fue quien le dio la primera pista a Foshag del Smithsonian. No obstante, fue Jay Ridinger el primero en promover la industria del jade junto a otros cinco emprendedores: Mary Lou, su esposa; Jean Debeaux, Guy Labarage y Gerald Leech, todos por 1973.

Jean Debeaux, de origen belga, fue un joyero diseñador de sumo talento, contratado por Ridinger para identificar y autenticar piezas precolombinas. Simultáneamente, Ridinger contrató a Gerald Leech en 1974 para que administrara el negocio. Al cabo de un tiempo, Leech se separó de Jades S.A. y fundó Casa del Jade. Hoy ambas son las empresas más prestigiosas de jade en Antigua, Guatemala.

Hoy en día, el gran aporte de las prestigiosas compañías Jades S.A. y Casa del Jade es incalculable, pues han contribuido a evitar el robo de piezas arqueológicas al contar con copias tan bellamente reproducidas en jade-jadeita. Pienso que hay extranjeros más guatemaltecos que muchos guatemaltecos. Así como Guatemala luce sus paisajes, sus volcanes, sus lagos y la amabilidad de su gente, de la misma forma puede lucir su jade.