Con otra mirada

El espacio envolvente del barroco

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

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El espacio religioso durante los primeros años de la colonización española en América fue lineal, austero, dinámico y robusto, siguiendo las normas y especificaciones que los albañiles y artesanos de la construcción conocieron por los tratados renacentistas de Arquitectura de Marco Vitruvio y Sebastiano Serlio.

En Guatemala hay abundantes ejemplos de ese período, aunque, en general, por incuria, los pueblos como entidad urbana, paisajística y arquitectónica perdieron la unidad preestablecida, sobreviviendo milagrosamente las iglesias, muchas de ellas construidas sobre templos precolombinos, salvadas por el sincretismo religioso prevaleciente. Caso contrario es Santiago de Guatemala, conocida como La Antigua Guatemala, que al ser abandonada ante su parcial destrucción, en 1773, pasó a ser la única ciudad conservada al momento de su máximo desarrollo en el siglo XVIII. Ahí encontramos una rica colección de lo que aquel período produjo en todas las áreas: urbanismo, arquitectura; música, literatura, pintura y escultura; gastronomía y artesanía.

Su desarrollo edilicio estuvo ligado más a los sismos destructores que obligaron a reparar, reforzar, reconstruir y hacer obra nueva que a movimientos culturales. He llegado a identificar tres períodos: Renacimiento, que empieza con la traza urbana de 1543 y termina con la consagración de Catedral en 1680. Transición (1680-1715), en el que los arquitectos buscaron el lenguaje arquitectónico para expresar sus inquietudes, sin lograr desprenderse de los rígidos cánones dictados por los tratadistas. Llegaron a transformar algunos elementos arquitectónicos e inventar otros. Barroco (1715-1773) cuando el gremio de arquitectos y maestros albañiles aglutinados en núcleos familiares, junto a aprendices y demás trabajadores, dominaban los secretos de los materiales y de los sistemas constructivos. A partir del terremoto de 1751, el barroco logró el más alto grado de sofisticación en el desarrollo cultural, particularmente en la producción de las artes plásticas, que fueron las más prolíferas.

La arquitectura no alcanzó esos parámetros. Se transformaron elementos arquitectónicos y se crearon otros cuya suma permite definir un barroco propio, que identifica y distingue a la ciudad. Nuestra Señora del Carmen (1728) es la excepción. La composición de la fachada, proporciones y decoración aplicada es inédita; se introdujo la ventana octogonal junto a elementos arquitectónicos transformados que adquirieron carta de identidad, haciendo de esa obra el único ejemplo en el que pude hablarse de arquitectura barroca propiamente dicha. El juego de pares de columnas colocadas en distintos planos en la fachada resuelve el problema estructural ante el embate de los sismos, al tiempo de ofrecer, debido a su composición, una solución elegantemente etérea, debido al juego de luz y sombra entre ellas. La decoración geométrico-vegetal aplicada a sus fustes creó, mediante la textura de tosca filigrana, la sensación de que las columnas pierden la solidez que les permite cumplir su función estructural. El entablamento dejó de ser el elemento horizontal de los períodos anteriores, transformándose en un elemento rico en formas y movimiento, en donde el frontón apenas se reconoce y la ventana octogonal del coro, que sirvió de marco a la escultura de la patrona, es desdibujada por las hojas de acanto que envuelven sus jambas.

El espacio interior consta de una sola nave enriquecida por las ondulantes cornisas que conducen la atención del observador hasta el altar, punto focal del espacio religioso. En su recorrido longitudinal, las bóvedas, junto a las nervaduras serpenteantes que bajan de sus medallones centrales, crean y generan, por una única vez, el dilatado y dinámico espacio interior, propio de la arquitectura barroca, enriquecido por retablos y obra de arte que en su momento lo vistió.