Aleph

El golpe y el fraude

Carolina Escobar Sarti cescobarsarti@gmail.com

Después de estas elecciones, navegamos en una incertidumbre aún mayor. La sensación es extraña. Pasa como cuando un reactor nuclear se fisura y comienza a salir por allí ese algo que nadie ve pero que todo mundo reconoce como peligroso, incluso mortal. Pasa como cuando Jimmy Morales desconoce la orden del máximo tribunal constitucional hace algunos meses, desmantela poco a poco las instituciones del Estado que funcionan, adelanta la salida de la Cicig, y da un golpe de Estado técnico y lento, cuyos coletazos afectan, incluso, las recientes elecciones. Todo frente a lacerantes silencios cómplices.

La resaca poselectoral nos deja con un supuesto fraude que no termina de ser fraude, y con los efectos de un golpe que muchos no reconocen como golpe. Pero hay un ruido de fondo al que hay que ponerle atención. Más allá de los problemas técnicos detectados en la digitación de las actas, de la incapacidad del Tribunal Supremo Electoral (TSE) para responder a la altura de las demandas de un proceso electoral “a la guatemalteca”, o de algunos casos que efectivamente se prueben como prácticas fraudulentas, el verdadero ruido de fondo es otro. El fraude es el Sistema. Y no, el Sistema del cual hablo no es un ente abstracto, se compone de instituciones (hoy capturadas), de leyes (hoy retorcidas), de secuestradores con poder (ahora con nombre y apellido) y de cancerberos (eternos tontos útiles con poder que cuidan el sostenimiento del statu quo en cortes, ejércitos y demás instituciones).

La definición breve de fraude, según su etimología, es “daño derivado de un engaño”. Fraude es haber elegido a Morales en las elecciones pasadas. Fraude es que, una vez más, la mayoría de votantes haya votado pero no elegido. Fraude es que el partido oficial comprara a expatrulleros con dinero público pocos días antes de las elecciones para obtener su voto. Fraude es haber impedido la participación de quienes (nos guste o no) debieron haber participado en la contienda electoral. El fraude anunciado (antes y después de las elecciones) por Galdámez y Morales, del partido oficial, es parte del fraude. Con ello encendieron el sospechómetro de muchos y siguieron preparando la cancha a su favor. Fraude es que en una supuesta segunda vuelta otra vez se volverá a votar, pero no a elegir.

Inevitablemente llegamos al mismo lugar, porque el sistema sociopolítico no ha tenido cambios de fondo que nos permitan llegar a otra etapa de nuestra intención democrática. Estamos frente a un entuerto más, y venimos gritando “fraude” desde hace seis décadas. La diferencia es que ahora hubo juntas receptoras de votos bastante sólidas que se toparon con tecnócratas y burócratas insuficientes para este momento político. Y encima, justo antes de la revisión de las actas que el TSE haría, el Ministerio Público (MP) aparece en escena, generando aún más inestabilidad. Dados los antecedentes de actuación del MP actual, esperamos que auditen para generar credibilidad, y no para poner en bandeja las condiciones de un Estado verdaderamente fallido y golpeado, al mejor estilo de Nicaragua o Venezuela (es para asustar bien).

Hasta ahora, el objetivo de este “gobierno” parece haber sido uno: quebrarle las rodillas a la incipiente democracia guatemalteca, sostener un histórico pacto de corruptos y un sistema de privilegios para pocos, reprimir y castigar la participación social, y militarizar la seguridad ciudadana.

En esta modernidad líquida, la incertidumbre es la norma y la clase política está más lejos de la ciudadanía que nunca. En esta era del espectáculo, la ética es el chiste a contar y la mentira o la pragmática se han convertido en los mecanismos idóneos de sobrevivencia. Los partidos tradicionales han llegado a ser empresas sin interés alguno por Guatemala. La Guatemala que cada día ve partir de sus entrañas a miles de niñas, niños, mujeres y hombres que terminan en jaulas fronterizas. Ese ha sido el gran fraude.