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El gran fracaso de todos los sistemas políticos

Brenda Sanchinelli imagen_es_percepcion@yahoo.com

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Desde antes de que apareciera en la escena mundial el covid-19, muchos ya habían reconocido el fracaso de todos los sistemas políticos que han existido. Hoy se afirma que se requiere un nuevo liderazgo global con cambios radicales, donde se espera en lugar de una “democracia”, una dictatura mundial, liderada por un “político” —tipo el anticristo, autoproclamándose dios—. Pretender que se puede separar el Estado de la religión es una falacia. Siempre han estado ligados.

Los mitos y verdades sobre si el virus fue hecho en un laboratorio, los supuestos daños a la salud que trae la 5G, la vacuna global, la posible implicación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y Bill Gates en este terrorífico plan, son interrogantes que pronto serán desveladas, porque apenas estamos viendo la punta del iceberg.

Esto no empezó hace tres meses, se viene fraguando desde siglos atrás, solo cambiando la estafeta entre los protagonistas visibles. Y es hasta ahora que se materializó el anhelado sueño que han tenido todos los imperios mundiales, que no pudieron concretarlo porque no se contaba con la tecnología.

El Estado profundo se encargó de hacer que en el siglo XX se desbordara el conocimiento científico, pero también ha sido la época que más nos ha quedado a deber, porque el ser humano cifró sus esperanzas en la tecnología, creyendo que sus instintos materiales iban a llenar todos sus vacíos emocionales, pero no fue así.

Los científicos se ensoberbecieron con el manejo de la energía nuclear y el despliegue de dispositivos y máquinas que ofrecían un progreso exponencial. Las computadoras se adueñaron del hombre, la codependencia es total, la gente prefiere hoy su smartphone en la mano y relaciones virtuales que personales. El hombre descifró el genoma humano y empezó a jugar a ser Dios, creando niños en laboratorios.

Llegaron a pensar que en la ciencia están todas las respuestas. “Lo que no se puede comprobar científicamente, simplemente no existe”, dijeron. Se adueñaron de la razón y la pusieron muy por encima de la fe. Nombraron a la Física como la más alta de todas las ciencias y la religión, apta para los “viejos y para los tontos”.

Durante los dos últimos siglos, el mundo buscó con vehemencia los avances científicos, y lo logró. En la década de los 50 ya había una televisión en cada hogar y se empezó a difundir una nueva forma de ver la vida, lo que hizo cambiar las costumbres, ideales y la moral. Hollywood tenía su propia agenda, cada película, serie o caricatura traía consigo mensajes subliminales que respondían a una agenda mundial, al punto que hoy en día no se puede ver ningún programa que no contenga imágenes ofensivas de sexo, violencia y corrupción.

Lo bueno empezó a llamarse malo y lo malo, bueno. Se prohibió mencionar a Dios. Países como Estados Unidos, que fundamentaron su Estado en la Fe y luego se apartaron de ella, están al borde. Todos nos sentíamos afortunados de haber nacido en esta era de la libertad, porque la promesa era felicidad y abundancia sin límites. Sin embargo, el tiempo se ha encargado de desengañarnos, mostrando que la gente no es feliz y siente un vacío existencial.

Las almas condicionadas por la materia viven en la ilusión de que el cuerpo es más importante que el espíritu, lo que revela el sentido imperfecto de la existencia humana. El sueño racionalista quedó atrás, estamos a las puertas del último imperio mundial. Ahora solo queda buscar la verdad en lo eterno, y esta nos hará libres y verdaderamente felices. Regresar a los valores fundamentados en Dios cambiará su óptica de esta realidad nebulosa que usted ve hoy, pero, ojo, que esta verdad no la encontrará en las Fake News, Netflix o con los influencer.