A contraluz

El hambre y la indiferencia matan

Haroldo Shetemul @hshetemul

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A sus 53 años, Julieta Crisóstomo prepara la comida: una mezcla de tomates asados, chiles secos cocinados en un comal y tortillas. Es todo para lo que da su raquítico presupuesto. De esta forma descarnada presenta el diario El País, de España, la realidad de la familia de esta mujer que vive en El Calvario, San Marcos, una de las regiones más golpeadas por el hambre en Guatemala. La tasa de desnutrición crónica del país es la más alta de Latinoamérica. Según el Programa Mundial de Alimentos, el 50 por ciento de las familias guatemaltecas no tiene acceso a una dieta equilibrada. ¿Qué han hecho los gobiernos para erradicar el hambre y la desnutrición? Nada. A lo más que llegan es a distribuir bolsas con víveres, un paliativo que no sirve para nada, porque no hay políticas de desarrollo a largo plazo. Esa hambre y la falta de trabajo orillan a miles de jóvenes a poner su esperanza en la migración hacia Estados Unidos.

El reportaje del diario español dice que las estadísticas en rojo se repiten en todos los informes de los organismos internacionales, entre ellos el Banco Mundial: Guatemala tiene la cuarta tasa más alta de desnutrición crónica en el mundo, con poblaciones indígenas y rurales desproporcionadamente afectadas. Agrega que la desnutrición crónica infantil afecta al 47% de todos los niños menores de 5 años, al 58% de los niños indígenas y al 66% de los más pobres. El médico Carlos Arriola, quien trabaja en programas contra la desnutrición en la zona chortí, Chiquimula, dice que el hambre y la desnutrición son un flagelo permanente. Entrevistado por El País, el facultativo dice que esta terrible situación causa daños irreversibles en el desarrollo cerebral. Los niños tienen serios problemas de aprendizaje en la escuela y están condenados a trabajos de carga, pesados, mal pagados, con lo que se perpetúa la miseria.

¿Qué está haciendo el gobierno de Giammattei para combatir el hambre y la desnutrición? Lo mismo que sus antecesores. El Ministerio de Desarrollo Social informa que tiene un programa de bolsas con víveres, transferencias monetarias y comedores sociales que distribuyen alimentos de lunes a viernes. Ni más ni menos que asistencialismo y clientelismo político, o sea este gobierno insiste en atar a la población que vive en la miseria a las dádivas, sin que exista una estrategia de fondo para fomentar el empleo y condiciones dignas para que puedan valerse por sí mismas. Arriola dice al respecto: “El gobierno solo toma medidas asistencialistas o paliativas”. Agrega que ve “un componente malicioso de política pública de no hacer nada para mantener a nuestra población en las mismas condiciones; es una estrategia política para mantener los círculos de pobreza”. Claro, esa dependencia a la bolsa de víveres o al dinero fácil significa votos para las próximas elecciones.

El médico afirma que quienes llevan la peor parte en un país desigual como Guatemala son los pueblos indígenas. El 40% de comunidades originarias vive en extrema pobreza y cerca del 80% está excluida socialmente. Esa exclusión lleva a que entre la población ladina se les vea con desprecio. El médico recuerda lo que le dijo un padre de familia, a quien le comentó la situación de hambre que padecen los pueblos indígenas: “Mire, doctor, usted no se preocupe si se le muere un niño desnutrido, de esos, de los indios. Ellos tienen muchos hijos y no sienten nada, les da lo mismo; si se les muere uno, tienen más. Ellos no son iguales a nosotros”. Sí, esa es la terrible realidad de discriminación y racismo que nos corroe como sociedad y que nos lleva a cerrar los ojos ante esa lacerante realidad. La falta de solidaridad y empatía nos ha conducido a que Guatemala sea un país en el cual, en lugar de bajar, aumenta la tasa de inseguridad alimentaria.