Sin fronteras

El “hueco” de la cuadra

Pedro Pablo Solares@pepsol

Tres muchachitos éramos los reyes de la cuadra. La cuadra del barrio donde viví. Eran los años ochenta y en el barrio se montaba bicicleta, se pillaban mandarinas del árbol del vecino. Día a día se buscaban nuevas aventuras por hacer. Habremos tenido unos 12 o 13 años. Para nosotros fueron años alegres. Pero la mecánica del grupo era demostrarse ante los otros. Manejar la bicicleta sin una mano… sin dos manos. Y en las travesuras, ver quién se atrevía a lo indebido y, claro, quién no. Ese —el que no— era el hueco. Yo venía de vivir en Europa y al principio me pareció absurdo. Pero muy rápido tuve que aprender —en el colegio y en el barrio— que ser hueco era lo que no se debía ser. El hueco era un paria, que merecía ser borrado del grupo. Alguien que, en sus mejores momentos, era solo un ignorado. Y que en los peores era un auténtico blanco de embestidas, individuales y grupales, corporales y mentales. Eso, todos los días de su vida.

Recuerdo que en el barrio a uno de los amigos se le ocurrió que otro muchachito era gay. Uno que vivía a la vuelta y que nunca salió a jugar con nosotros. Supimos que se llamaba Roberto. Pero nuestro cabecilla le decía “Roberta”. Así, con voz burlona: “Roberta, Roberta, Roberta”. Todos, claro, reíamos. Roberto ha de haber tenido un año menos que nosotros, es decir, tal vez unos 11 años de edad. La verdad, yo nunca lo había visto. Pero llegó el día en que la travesura del día fue ir a venadear al tal Roberta, porque el líder de nuestro clan deseaba darle su merecido.

La escena fue grotesca. El osado muchachito justiciero lo arrinconó en una esquina, mientras Roberto, inadvertido, venía caminando de la tienda. Hoy, imagino que en sus manos habrá traído unos dulces que fue a comprar. No lo sé, fueron minutos de puñetazos a la cara, patadas al estómago, golpes de dolor. “¡Hueco, hueco!” recuerdo nuestros gritos. Yo, aunque incómodo, también me sumé a la carniza verbal. De una forma o de otra, todos —como verdugos— ejecutábamos al muchachito, mientras a él, seguramente se le escapó todo sentido de balance en su vida. En verdad, dudo que siquiera haya entendido por qué le estaba pasando esto.

Esta es una escena de esa Guatemala que heredamos. La Guatemala en la que ser homosexual —o tan siquiera parecerlo— es un sinónimo de muerte, moral, social, o aún física. Todavía hoy, hay quienes se sienten satisfechos con ese modelo de país. Y otros, por nuestro lado, añoramos desaprender una vergonzosa formación homofóbica. Limpiar saetas que hicieron daño, y que lanzamos desde una heterogeneidad arrogante. Da esperanza ver que los jóvenes son protagonistas de un cambio de pensamiento. Ahora, donde estudian, se escucha hablar del orgullo por la diversidad. Piensan diferente, porque no quisieron que las historias de odio de nosotros fueran las historias de odio de ellos. Respondieron al llamado de instancias valientes que enseñan la inclusión. Se les oponen las iglesias, evangélicas y católicas, donde se habla más sobre la homosexualidad, que sobre el pecado de juzgar y odiar al diferente.

Da vergüenza recordar eventos como este. Pero es necesario hurgar en la historia para repeler una enseñanza que nos llegó a muy tierna edad. Esta semana trascendió la muerte de un joven huehueteco de 18 años, que como Roberto escuchó esos gritos, antes de que el insulto quedara grabado con navaja en la piel de su cuerpo asesinado. No encuentro forma de evitar reconocer que, en mayor o menor grado, participamos de una sociedad que asesina. Vienen a mente personas que han sufrido en nuestra presencia. El mazateco que conocí en Florida, y que encontró libertad ahí, tras varios intentos de suicidio en esta tierra indolente. O el compañero de colegio que nunca tuvo un amigo, porque era afeminado. Vergüenza. Da vergüenza reconocer nuestro pasado en público. Pero más vergonzoso aún sería no atreverse a reflexionar, pedir perdón, y cambiar.