Miramundo

El legado de Jorge Mario García Laguardia

Alejandro Balsells Conde @Alex_balsells

¿Cómo estudiar Derecho Constitucional en un país donde la Constitución servía de pretexto para reprimir, exilar, desaparecer y matar? Esa es la pregunta para entender la obra de Jorge Mario García Laguardia. Es una paradoja haber fallecido dos días antes del Bicentenario, jamás fueron de su agrado las letras y actos sin sustento.

Exilado, primero, por la Liberación, y luego, por Arana Osorio, García Laguardia dedicó su vida al estudio del Derecho Constitucional, entendido como el reconocimiento a los derechos fundamentales y luego a la institucionalidad necesaria para garantizarlos. Siendo guatemalteco, esto es interesante porque nuestro país era en los años 60 y 70 excelente ejemplo de lo que llamamos seudoconstitucionalismo; es decir, los regímenes autoritarios con una capa de barniz al mantener “vigente” una constitución.

¿Qué podía aportarle un constitucionalista guatemalteco al mundo en aquel momento? Méndez Montenegro había aceptado el poder condicionado por el ejército, Arana llegó a reprimir y pasar casi los cuatro años en estado de Sitio; Laugerud entra por un descarado fraude y Lucas mató y desapareció a cuantos pudo. García Laguardia estudió el fenómeno político jurídico y hace todo su esfuerzo para que las nuevas generaciones, que vivíamos la discusión de la Constitución de 1984-1985, pudiéramos valorar el nuevo esfuerzo. Las constituciones, de la Liberación de 1956 y de los militares 1965, fueron textos formales, pero no legítimos, porque sus asambleas constituyentes se integraron por planilla única. Existía pánico al disenso.

Jorge Mario García Laguardia viene para apoyar las Jornadas Constitucionales organizadas por el Colegio de Abogados en 1984, nos empieza a contar sobre la participación guatemalteca en la Constitución de Cádiz de 1812, de cómo los principios liberales fueron plasmados en la Constitución Federal de Centroamérica; nos ilustra cómo el régimen conservador de Carrera instituye a la República de Guatemala y cómo la Revolución Liberal de 1871 representó un hito histórico, dibujando un divorcio entre la norma y la gestión, evidenció los adelantos propuestos por el gobierno unionista bajo la efímera presidencia de Carlos Herrera, a quien por eso los de siempre le dieron cuartelazo, y como el constitucionalismo social se adoptó hasta 1945, así como las dinámicas contrarrevolucionarias de la invasión del 54 y cómo llegamos a la “constitución del peor tipo posible” en 1965.

Jorge Mario García Laguardia fue de los primeros en señalar, en contraposición con la guerrilla, que la Constitución de 1985 era legítima y debíamos empujar su verdadera vigencia para no convertirla en una simple “hoja de papel”. Además impulsó con todas sus fuerzas el proceso de paz. Escribió con Edmundo Vásquez Martínez la propuesta de la Usac para el debate en la Asamblea Constituyente, un libro fundamental para entender el proyecto de reforma constitucional boicoteado por Jimmy Morales y Jafeth Cabrera.

Magistrado del Tribunal Constitucional y procurador de los Derechos Humanos, historiador y profesor universitario, gran conversador, amigo de verdad, quien está para extender la mano y prestar el hombro. Hace seis años, con la caída de Otto Pérez, señaló: “Esto ya llegó al límite. Hay que hacer una revolución. Hay que cerrar el Congreso y demás instituciones públicas, establecer un gobierno fuerte y organizar una discusión general para rehacer el país”. Sabía que las mafias podían retomar el poder y zanjar el impulso. Acertó.

Jorge Mario ya no estará físicamente con nosotros, pero su ejemplo queda en muchos, así como su amor a Mila, su compañera inseparable; a sus hijos Eréndira, Anaité y Jorge Mario, pero sobre todo en este pedazo de tierra que tiene un hijo congruente y de verdadera vocación democrática.