Cable a tierra

El modelo económico global y nacional es insostenible

Karin Slowing karin.slowing@gmail.com

Veo arder la selva del Amazonas y no puedo evitar pensar que una plutocracia global y élites nacionales en extremo voraces controlan un sistema económico depredador e insaciable que, por mucho que se ufane de que ahora su principal activo para acumular riqueza sean la información y el conocimiento, en realidad no ha dejado ni dejará de expoliar los recursos naturales del planeta para su reproducción: tierra, agua, gas, petróleo, minerales del subsuelo siguen siendo insumos vitales para sostener la economía de acumulación.

Desde hace varios años, cada 29 de julio se mide cuánto se ha sobregirado la humanidad en su consumo anual de recursos naturales renovables; es decir, aquellos que los ecosistemas son capaces de volver a generar. Cada año agotamos en menor tiempo esa dotación anual. En 2019 fueron apenas siete los meses que se necesitaron. En términos ecológicos, vivimos de prestado y la sostenibilidad se ha vuelto una auténtica quimera en estas condiciones.

Por supuesto, no todas las personas ni todos los países contribuimos a la destrucción de la especie y del planeta por igual. De hecho, si así lo hiciéramos, tal vez ya habríamos colapsado totalmente: Según el Global Wealth Report 2018, ese año se generaron 317 trillones de dólares de riqueza. Comparado con el año previo, la tasa de crecimiento anual de la riqueza global fue de 4.6%, lo que superó con creces la tasa de crecimiento demográfico mundial, estimada por Naciones Unidas en 1.09 para el quinquenio 2015-2020. Es decir, aun con el tamaño poblacional actual, si el enorme volumen de riqueza que se genera se distribuyera equitativamente, el ingreso per cápita anual de cada adulto en el mundo sería de unos 63,100 dólares norteamericanos. Suficiente para que todos viviéramos una vida acomodada.

Sin embargo, así no funciona: Según Oxfam, el 1% de la población mundial concentró el 82% de la riqueza total anual que se produjo en el planeta ese año. En contraste, el Banco Mundial estimó que la mitad de la población mundial, unos 3,800 millones de personas, no pudieron satisfacer adecuadamente sus necesidades vitales y llevar una vida digna, pues vivían con menos de cinco dólares por día; de estos, cerca de 800 millones de seres humanos pasaron hambre.

Colijo de esto que la desigualdad prolonga en el tiempo la capacidad de consumo y acumulación de una minoría de la especie humana. La desigualdad actúa como una variable de ajuste al propio modelo económico, especialmente en condiciones de creciente agotamiento y destrucción de los recursos naturales. Es previsible, entonces, que continúe profundizándose, si el modelo económico no se modifica. Así también, que la idea fuerza que fundamenta la democracia y la justicia social —todos los humanos tenemos los mismos derechos— se esté tornando en algo crecientemente peligroso e indeseable para ese sistema depredador.

¿Será esta la base del creciente divorcio entre capitalismo y democracia liberal a nivel global, así como el resurgimiento de liderazgos y modelos de gobernanza autocráticos, xenofóbicos y negacionistas que no titubean en sacrificar la sostenibilidad de la vida y la naturaleza, por ganancias de corto plazo? El sistema está exigiendo separación e inhibición de derechos para seguir adelante, aun cuando en el proceso sacrifique a la mitad de la humanidad y, en general, y a largo plazo (tal vez no tan largo), la supervivencia de la especie en el planeta.

El Amazonas, Petén, los bosques del Altiplano o los del Cerro El Naranjo, todos están sometidos al mismo modelo, a la misma lógica depredadora. Sin bosques no habrá agua ni habrá oxígeno, y tampoco humanos. Reflexión válida también para Guatemala.