Imagen es percepción

El mundo en modo avión

Brenda Sanchinelli imagen_es_percepcion@yahoo.com

La humanidad que venía por más de siete décadas imparable con grandes avances científicos y tecnológicos nos hizo creernos infalibles, con algunas crisis sí, pero controladas. Tener todo lo que se desea casi instantáneamente al alcance de un clic nos hizo ser soberbios y egoístas. Pero hoy todo eso cambio, esa confianza se transformó en miedo, lo que nos pone en contacto no solo con nuestra fragilidad individual, sino también con la colectiva.

Hasta hace algunos días, la mayor preocupación de las grandes naciones era invertir en armas nucleares, hoy la prioridad mundial es buscar una cura a la pandemia. La gente estaba absorta en el trabajo, en las redes sociales, en la diversión y en el placer. Hoy lo más importante es preservar su existencia.

Nos hemos visto obligados a poner una pausa a nuestro acelerado ritmo de vida, hablando en términos de móviles, “ponernos en modo avión”, para recordar nuestra vulnerabilidad como seres humanos y dejar atrás la arrogancia y la soberbia que produce el hecho de tenerlo todo.
Hoy, aunque usted tenga millones de dólares en los bancos, no puede ir de viaje a Europa a disfrutar de las ciudades más bellas del planeta. Pero con dinero o sin él, hay algo que sí podemos hacer todos, cada ser humano tendrá la oportunidad y el tiempo para tener una reflexión a solas, hablar con Dios —si es que cree en Él— y entender hacia dónde se dirige la humanidad.

El coronavirus nos ha hecho poner los pies en la tierra, entender que no somos superhombres, reconocer con humildad nuestros límites y la necesidad que tenemos los unos de los otros para sobrevivir. Esto seguramente nos ayudará no solo a superar esta gran crisis, sino a volver nuestro corazón a las cosas que son verdaderamente importantes, el amor a Dios, la familia, al prójimo, el cuidado del medioambiente y todas aquellas cosas sencillas que no se compran con dinero.

Hoy en muchas partes del mundo, la gente está obligada a estar en cuarentena y las grandes ciudades del mundo se han quedado sin personas. Ahora sí se puede escuchar el agua cayendo de las antiguas fuentes europeas, el canto de los pajaritos resuena alto, los animales se están acercando a las urbes a caminar libremente por las calles; los ríos, canales y mares están más claros que antes, al punto de que los delfines se han acercado a nadar a las costas.

Este aislamiento obligado nos ha hecho valorar que más que tener a un frío móvil en las manos para comunicarnos y estar enfrascados en él todo el día, no hay nada que se comparé con ver a una persona a los ojos, estrechar su mano, darle un beso, un abrazo o ver su sonrisa. Ningún equipo electrónico puede sustituir la calidez de otro ser humano.

Cuando esta crisis termine y volvamos a tener la total libertad de acercarnos entre sí, estoy segura de que valoraremos mucho más que antes a las personas. La vida a la que estábamos acostumbrados puede que ya no sea la misma, incluso después de que pase todo. Pero lo que está sucediendo podría enseñarnos algunas lecciones decisivas para el futuro de la humanidad.

La percepción de la incertidumbre económica, sumada a la posibilidad de sufrir, de enfermarse e incluso de morir, no es solo lo que preocupa hoy a la humanidad, sino más allá, en cierto sentido el miedo que sienten al fin del mundo, tal como lo hemos conocido hasta ahora, y eso nos hace reflexionar con una profunda melancolía sobre las acciones que hemos tomado en las últimas décadas como sociedad. En este sentido es necesario comprender la implicación ética de nuestras reflexiones y su alcance transformador para el futuro.