Aleph

El pensamiento independiente

Carolina Escobar

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Eso de la libertad hay que tragárselo con mucha miel para que no sepa a engaño. La realidad es que la peor amenaza al statu quo guatemalteco que se resiste a abrirse a una democracia de verdad sigue siendo el pensamiento independiente y libre, sin aparato político, difícil de medir y de encajonar, organizado puntualmente para responder a pocos objetivos estratégicos y de fondo por vez.

A los reaccionarios de derecha e izquierda, a esos que no viven los unos sin los otros, a los que practican los extremos nacionalismos y los catecismos ideológicos sin pensar por sí mismos, a los que solo pueden transitar en clave de odio entre el comunismo y el imperialismo, les molesta el pensamiento independiente. Como también les molesta a los corruptos o súper moderados que todo lo relativizan convenientemente, hasta los principios, con tal de quedar bien con Dios y con el diablo. El pensamiento libre, independiente y no autocomplaciente interpela a todos los que no saben o no quieren pensar fuera de sus cajas de sector, clase, identidad étnica o partido político.

Pueden hasta ser caritativos y devotos, pueden dar discursos sobre la justicia, la democracia, la responsabilidad social, la paz, la ética y el buen vivir, pero cuando se rasca un poco la primera capa de su piel, afloran los odios, los insultos sin argumento, las rapacidades. Y, sin embargo, a la Guatemala que anhelamos le hace falta tomadores de decisión que tengan dos características: que piensen independientemente y que tengan consciencia de sí y del mundo que habitan. No nos alcanzan los reaccionarios de derecha o izquierda, ni sus comodines corruptos para levantar Guatemala, porque la realidad siempre rebasa los marcos ideológicos fijos, y porque en esos extremos del pensamiento se viven evidentes momentos de crisis en términos de la propia identidad y del mundo interconectado del siglo XXI. Sin duda hay diferencias entre la derecha y la izquierda, pero cada vez hay también más diferencias a lo interno de ellas. Lo que realmente subyace debajo de todo pensamiento reaccionario que sueña con “matar al otro que es diferente a mí” es nuestro fascismo interior.

¿Por qué hace dos días los jóvenes de la recuperada Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU) se enfrentaron valientemente al decadente y corrupto sindicato de maestros liderado por Joviel? ¿Por qué muchas familias que aparentemente estaban de acuerdo en todo comenzaron a disentir y debatir profundamente luego del paso de la Cicig por Guatemala? ¿Por qué se logró la unión de varios estudiantes de todas las universidades nacionales que por décadas hasta llegaron a enfrentarse? ¿Por qué más de cuatro millones de chilenos indignados ponen en el banquillo de los acusados al modelo neoliberal practicado en su país durante las últimas décadas? ¿Por qué España llama al diálogo entre los independentistas y los que quieren seguir siendo un solo país?

El divide y vencerás, consigna guerrera por excelencia, sirve bien para gobernar desde cualquier forma de dictadura, pero “la democracia, más que un sistema político, es el espacio efectivo de realización de los seres humanos como seres autónomos, colaboradores, respetuosos, responsables, imaginativos, abiertos, con la posibilidad de estar continuamente generando un espacio de convivencia en el mutuo respeto y la colaboración”, como dijo Maturana. Y a ese anhelo no le alcanzan los fascismos, el pensamiento fósil reaccionario o sus complacientes encubridores.

La ruta más directa hacia zonas más democráticas, sociedades más abiertas y ejercicios ciudadanos más amplios es la de un pensamiento sustentado en la ética, elaborado fuera de las cajas negras de las tendencias ideológicas que nos han definido. Quizás esa sea la respuesta de por qué el divorcio en todo el mundo entre la gente común y la clase política, que ya no responde ni ética ni racionalmente a lo que se espera de ella.