De mis notas

El platanazo de Maduro

Alfred Kaltschmittalfredkalt@gmail.com

Las imágenes de la lucha del pueblo venezolano atraviesan los corazones de los televidentes del mundo entero. En ellas se conjugan todos los efluvios satánicos, los matices más oscuros y los olores más intensamente perversos de la política venezolana, desangrándose por las heridas del totalitarismo. Como una boa constrictor, cada expiración del pueblo en su lucha por la libertad ha apretado aún más el estrangulamiento de la víbora totalitaria.

Cerrados los medios de comunicación; las importaciones de papel; cerradas radioemisoras; televisoras y canales de cable. Todo por temor a la crítica y el señalamiento iluminador del fracaso de la dictadura reinante, herencia del fantasma chavista y de aquel “pajarito” que le sopló al oído a un exchofer metido a política —que por misterios cósmicos insondables— estaría sentado en la silla presidencial de Venezuela para terminar de conducir a su país al abismo.

Cerrados los pesos y contrapesos de la democracia al abrir al infinito el número de años que puede aspirar a ser reelecto un candidato, el castro-chavismo se ha entronizado durante 16 años, manipulando groseramente todos los mandatos constitucionales, comprando con el clientelismo más obsceno a magistrados y congresistas afines; convirtiéndolos en una cacofonía indecente de loros partidistas.

Lo mas triste es que junto a Maduro se retrata también a todo ese “grupillo” de países clientelares que lo rodearon, como los miembros del Alba, del Celac, de Petrocaribe —y demás cohortes convocadas por el interés del oro negro robado al pueblo venezolano. Con su silencio de corderitos, durante años acompañaron la ignominia y la mentira. ¡Qué vergüenza que las conveniencias de la geopolítica vendan la democracia a precio de oro negro y conviertan sus estatutos fundamentales en corifeos sobre inexistentes complots y agotadas acusaciones de fascismo.

En sus pies yace la democracia defecada y en trapos de inmundicia. Ni la OEA ni las Naciones Unidas —tan vociferantes en la defensa de los derechos humanos cuando les interesa— osaron levantar la mano, sabiendo que buena parte de los suyos estaban comprados o coaccionados. Hasta ahora. Cuando Venezuela toca fondo.

Esta columna llora los muertos de los hermanos venezolanos. Llora la sangre de jóvenes mártires. Llora la incapacidad del mundo de no haberle puesto coto a esta dictadura desbocada que hasta ahora se siente arrinconada y cuya única arma es el precio del petróleo y colocar como carne de cañón a todos los que tiene en planilla gubernamental.
Su ignorancia de las leyes del mercado y la economía son apabullantes. Creyó que el libre intercambio de bienes y servicios está manejado por una red de complotadores a quienes hay que dictarles los precios por decreto. Y los enfrentó con tanta vehemencia que los pobres se creyeron con derecho al saqueo y al robo. El resultado es una inflación de papel higiénico. La más alta del mundo.

No son los jóvenes manifestantes los que tienen sumida a Venezuela en el caos actual. Ellos no han dilapidado los cientos de millardos de dólares en insensatas aventuras clientelares. Ni son los responsables del desabastecimiento de productos básicos. Ni de que haya hambre en un país con tanta riqueza petrolera, lo cual es una infamia imperdonable.

El peligro de la revolución bolivariana es un fracaso. A pesar de ello ya tienen cabeza de playa en Guatemala a través de líderes como Daniel Pascual —de Conic—, quien ha brindado su apoyo público a la tiranía venezolana. El apoyo financiero ya está presente en las próximas elecciones. Basta seguir el venenillo en los discursos para saber quién está en la planilla de la infamia bolivariana.