Pluma invitada

El poder de la bendición paternal

Rolando De Paz Barrientos rolando.depazb@gmail.com

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Hay un anhelo en el interior de todo ser humano, el de ser bendecido por sus padres. Su bendición determina en gran manera su éxito y realización en la vida. La palabra bendición proviene del hebreo “Barak” que significa “fortalecer a alguien a prosperar” y del griego “Eulogeo”, que significa “hablar bien de” o elogiar a alguien. La prosperidad que implica esta palabra no se limita a la financiera, abarca todos los aspectos de su vida: espiritual, relacional, física, emocional, relacional, incluso su vida laboral o profesional.

¿Por qué es tan relevante la bendición paternal? Porque determina en gran manera el carácter del ser humano, le provee identidad y destino. Todo ser humano necesita responder a dos preguntas fundamentales: ¿quién soy? (su identidad) y ¿para qué estoy aquí? (su destino). Su éxito o fracaso está determinado por las respuestas que tengamos a estas preguntas.
El escritor Craig Hill, en su libro El poder de la bendición paternal explica que la identidad es la percepción que un individuo tiene de sí mismo. Cuando no hay respuesta a esta pregunta, lo que está en juego es la valoración que la persona tiene de sí misma, en tanto que el destino es la percepción que un individuo tiene de su función y significado en esta tierra. Al no tener respuesta a esta pregunta, lo que está en juego es el propósito.

Somos los padres los llamados a impartir identidad y destino a nuestros hijos. La manera en que lo hacemos es mediante palabra y hechos. Impartimos bendición mediante mensajes de amor, aceptación, valor, respeto y propósito. Pero, así como podemos bendecir a nuestros hijos, también puede ocurrir lo contrario, maldecirlos mediante mensajes de odio, rechazo, vergüenza, falta de amor y desvaloración hacia sí mismos.

En su etapa de desarrollo (infancia y adolescencia), nuestros hijos pueden ser influenciados por numerosas personas: maestros, líderes espirituales, entrenadores, amigos, etc. Pero somos los padres los que ejercemos una poderosa y determinante influencia en sus vidas. Y en esa dinámica cometemos errores. Muchas veces, al momento de disciplinarlos cometemos errores, con las palabras que utilizamos, que lejos de bendecir, maldicen: eres un tonto, un inútil, nunca haces nada bien, eres una vergüenza, etc.

En nuestra cultura latinoamericana es común que se usen palabras hirientes al momento de disciplinarlos, corriendo el riesgo de descargar nuestras frustraciones en ellos, impartiéndoles maldición. Para cambiar esto se necesita primero que como padres cuidemos las palabras que utilizamos, valorando la vida de nuestros hijos. No hemos de verlos como una carga, un estorbo, sino una bendición. A nivel social, crear programas de educación sexual apegados a principios y valores bíblicos, impulsar programas de planificación familiar para comprender la importancia e implicaciones de tener un hijo.

Es importante reconocer que la tarea más importante en la vida es la de ser padre o madre. A menudo nos preocupamos por dejar una herencia material, olvidando que lo más importante es dejar un legado moral y espiritual.

Como hijos hemos de valorar a nuestros padres, reconociendo el esfuerzo que hacen por ejercer su paternidad de la mejor manera. No hay padres perfectos, podemos cometer errores. Si queremos que nos vaya bien en la vida, que alcancemos la prosperidad integral, hemos de buscar su bendición. Esto implica honrarlos sin condiciones, aun cuando no hayan sido buenos padres. Cuando tenemos esta perspectiva atraemos bendición para nuestra vida.

¿Queremos una sociedad fuerte, con hombres y mujeres de carácter e integridad? Comencemos en casa, con una dinámica familiar de bendición, no de maldición.