Cable a tierra

El TSE gestionó las elecciones más deslucidas desde 1985

Karin Slowing karin.slowing@gmail.com

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Triunfó el sistema corrupto. Ya se anticipaba que iba a ocurrir. ¡Cómo no! El camino ya había sido allanado previamente por la propia institucionalidad, que se encargó de que la única candidata que podía provocar un patrón de voto diferente, con potenciales efectos negativos para los corruptos, fuera sacada antes de la contienda. A eso hay que sumarle la serie de denuncias hechas sobre irregularidades durante el proceso electoral, y con el sistema informático empleado para registrar el conteo. Gracias al Tribunal Supremo Electoral y su Registrador, estas elecciones pasarán a la historia como las más deslucidas y de menor legitimidad de todas las que se han dado desde 1985.

En términos de elección presidencial, es como que hubiéramos regresado en el tiempo a antes del 2015. Primero, no olvidemos que ganó nuevamente el abstencionismo y por amplio margen a los dos candidatos punteros. Como la fórmula del “neófito” no hubiera funcionado una segunda vez, se jugó con “marcas” ya acuñadas en el mercado electoral: Torres, Giammattei y Arzú, solo por citar a los que capturaron mayor número de votos. Añadiría en esa oferta al señor Farchi, menos conocido, pero con fuerte endoso de las iglesias evangélicas, que muy posiblemente están detrás de la ubicación que logró.

En mi opinión, tres partidos capitalizaron parte del voto que hubiera sido para Thelma Aldana y lo sumaron a su caudal propio: Partido Humanista, Movimiento para la Liberación de los Pueblos (MLP) y Winaq. Destaco a la candidata del MLP, la señora Thelma Cabrera, por el profundo mensaje simbólico que entraña que haya alcanzado el cuarto lugar en la preferencia electoral, por encima del criollismo chapín. En términos de democratización del imaginario social, es sumamente importante y positivo para el país.

También el que no valieron los cientos de millones de recursos públicos que usó el FCN-Nación antes de las elecciones. Ya no emboban a la gente tan fácilmente como antes, menos un partido que en cuatro años jamás se preocupó por ellos. Lamentablemente, todavía sirvió para que metieran algunos diputados al Congreso. La responsabilidad la tiene el TSE, que permitió que compitiera, cuando debió haber sido cancelado hace tiempo.

El 11 de agosto será la segunda vuelta. La élite, tranquila. Ninguna de las dos candidaturas representa una amenaza para la continuidad del sistema. Posiblemente la tiene más fácil el candidato Giammattei porque su voto es eminentemente urbano y muy metropolitano, territorio donde los votantes tienen más posibilidad de salir en segunda vuelta, y donde la candidata Torres tiene el mayor antivoto y el partido UNE apenas si ganó algunas alcaldías y diputaciones.

Más difícil, aunque no imposible, es que el votante rural se movilice por segunda vez y ratifique a la candidata Torres, quien, por otra parte, tiene a su favor que su partido ya ganó 50 curules en el Congreso y 103 alcaldías. Indirectamente gobernará de todas maneras, solo que en el caso de que gane Giammattei, la UNE sería oposición, mientras que, si gana Torres, será bancada oficial. Habrá que sopesar lo que cada escenario implica, en términos de reactivar el funcionamiento del Organismo Ejecutivo.

En suma, la ciudadanía deberá evaluar el costo de movilizarse de nuevo frente al beneficio potencial de que piense qué puede obtener con uno u otro candidato. Lo que hay que tener claro es que el abstencionismo nunca gobierna, y la desidia de no salir por segunda vez a votar tiene efectos claros e inmediatos sobre el resultado; un solo voto sí puede hacer la diferencia en esta ocasión. Eso pasó en el 2015, y tocará, como me dijeran por ahí, “elegir nuevamente entre el cáncer o el sida”.