Aleph

El vértigo de la libertad

Carolina Escobar

Muchas veces he imaginado a la estatua de la libertad sintiendo vértigo. Pero solo durante los últimos años la imaginé de rodillas, vomitando indignación y rabia sobre el mar que la rodea. No es para menos. Quienes han gobernado Estados Unidos han usado la libertad para todo: para levantar democracias, para justificar guerras, genocidios, intervenciones o conflictos de menor escala; para defender dictaduras y modelos económicos; para sostener hegemonías o defender intereses corporativos, etcétera. Es lo que supuestamente pide el colonialismo en nombre de la libertad.

Pero los últimos años con Trump han sido particularmente difíciles de comprender y asimilar. Lo digo, no porque otros presidentes de Estados Unidos hayan sido niños de brazos en sus respectivas administraciones (sin importar si eran republicanos o demócratas), o porque la política exterior de ese país haya sido más acertada en gestiones anteriores, sino por dos cosas muy simples: 1) este es mi tiempo, y aunque tengo meridianamente clara la impronta histórica, describo mejor lo que puedo vivir y conocer; y 2) la gestión Trump se ha ganado, desde muchos lados y a pulso, el calificativo de “el peor gobierno de la historia de Estados Unidos”, porque en poco tiempo polarizó a su propio pueblo, se tomó a la ligera la tremenda responsabilidad que le fue otorgada, despertó el lobo de la discriminación y la xenofobia y criminalizó a los migrantes, extendiendo el estado policial hasta su frontera sur. Allí siguen los 545 niños y niñas que, desde el 2017, están separados de sus padres y madres.

Trump atacó permanentemente la ciencia en todas las áreas, y desconoció lo relacionado con el cambio climático, haciendo, incluso en el último momento, que EE. UU. se retirara del Acuerdo de París sobre el clima. Resucitó los neofascismos y la violencia armada, y su política exterior fue agresiva y aislacionista, dándole más cancha a Rusia y China. Pero lo que define mejor el calificativo que le ha sido dado es el impacto que tuvo su gestión en los resultados de la pandemia del covid-19 en EE. UU.; fue el país con más contagios y muertes. También hay que decir que la administración Trump mantuvo importantes cifras en lo macroeconómico, pero que amplió la pobreza de la población en general, ahorcó el sistema de seguridad social y profundizó la brecha de la desigualdad. Incluso los republicanos conservadores (léase Bush et al), se han desmarcado de Trump por considerar que le ha hecho más daño que bien a la democracia estadounidense.

Trump quería fans, no ciudadanos. Esa es para mí la diferencia sustancial. Un presidente trabaja para su ciudadanía, un showman trabaja para su grupo de culto. Y una prueba de ello es que incluso gestiona sus mensajes más importantes en Twitter. Hay que decir que es un empresario listo, porque usó la lucha ideológica para ganar votos, pero al final sabemos que estas elecciones se están dirimiendo entre el capital tradicional de Estados Unidos y el capital corporativo que llegó al poder. Esa es la política que se juega en el Senado y la Casa de Representantes, no nos engañemos.

Al cierre de este artículo no contamos aún con los resultados de las elecciones estadounidenses. Si gana Biden, los republicanos nos van a querer asustar con el fantasma del socialismo, comunismo y todos los ismos, pero no permitamos que nos asusten con el petate del muerto. Nada puede haber más reaccionario y radical que Trump y su equipo en la administración actual, cuyos ecos han despertado en nuestras repúblicas bananeras también renovados fascismos.

El oscurantismo parece estar queriendo colarse en las democracias y las no democracias. Yo solo espero que la libertad se ponga de pie algún día y que su fuego nos ilumine a todos.