Rincón de Petul

Elecciones muertas. Adentro, y en el extranjero

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Nunca olvidaré la fiesta cuando Jorge Serrano Elías ganó la presidencia. Era noviembre, era 1990, y fue en un parqueo público en la 7ª. avenida de la zona 9, en el costado de —si mal no estoy— el local de un negocio del vicepresidenciable Espina. Yo recién me graduaba del colegio y, totalmente ajeno a lo político, con los amigos, pasé enfrente por la pura curiosidad de la juventud. La imagen que vimos fue del máximo jolgorio posible. En ese entonces, el amarillo PAN de Arzú se había unido en la segunda vuelta al rojo MAS de Serrano, que lo hicieron rebasar a la UCN de Jorge Carpio. Este, mero pesadón en su semblante y mensajes, para colocarse en la cima, había acumulado antipatías. Sin duda, una clase urbana y elevada teñía la victoria de Serrano. Recuerdo que la fiesta era blanca, canche y bien vestida. Pero los poderes que hayan apoyado no quita pensar en algo que hemos dejado de ver en los últimos años: que cuando ganaba un presidente había una masiva celebración. Lo de esa fiesta no fue exclusivo de la elección en 1990, ni tampoco porque haya ganado Serrano.

Imagino el fiestón que se hubiera juntado si Carpio hubiera salido victorioso. Incluso más grande que aquella elitista de la 7ª. avenida. Su UCN reunía mares de personas, que llenaban alamedas, apoyándolo fervientemente. Igual habrá pasado cuando ganó Cerezo en 1985, aunque no recuerdo detalles. Solo que había un ambiente invadido por su simpatía, aunque esta solo fuera superficial. Y que ese liderazgo jalaba gente. Gente que creía en los candidatos. Esa fue la tónica durante un par de décadas, de partidos políticos que lograban compañía popular en los procesos electorales y que luego celebraban o sufrían los resultados en las urnas. No se le puede negar eso tampoco al más antipático Álvaro Arzú, ni mucho menos a Portillo, un auténtico imán de pueblo. Ni siquiera al más incoloro de Colom, ni menos al Patriota de Pérez Molina, que logró montar un poderoso aparato electoral.

Pero, en este sentido, hubo un cambio abrupto a partir de 2015. Recuerdo cuando los magistrados concedieron victoria al aún irrisorio Morales. Lo rodeaba una veintena de personas. Militarones, grisones, poco descifrables. Luego, esa noche, hubo una celebración en un lugar que ni conozco. Creo que llovía esa noche, y que debajo de las escasas gotas, escasas personas también le hicieron “su bullita”. Conociendo ya las estructuras que tramaron su camino, seguramente hubo gente celebrando esa noche. Pero eran solo ellos. El pueblo lo eligió, pero no lo celebró. Y cosa parecida sucedió en la última elección. Es decir, es cierto que logran los votos para alzarse con la magistratura, y que es el pueblo quien se los da, pero algo que ya no logran es entusiasmo, ni ilusión. Tal vez la gente vota por miedo contra otra opción. Pero las figuras han sido anuladas. El liderazgo ha muerto. La atracción política es inexistente. La “fiesta” de la elección, sin duda, ya no es tal.

Esta semana, el TSE emitió un comunicado informando que, tras meses de labor presencial en EE. UU., lograron atraer a 7,118 ciudadanos en el extranjero para que se inscriban como votantes en la próxima elección. Ínfimas siete mil personas, que —encima— se consideran éxito porque se comparan con las penosas dos mil que logró el Tribunal anterior, para la elección de 2019. Mucho se habla sobre la forma adecuada para atraer más migrantes a que voten. Y se ha discutido sobre si son métodos presenciales o electrónicos los adecuados para superar la apatía. Una apatía que, lejos de las formas, podría estar fundada en la carencia de credibilidad de una democracia que no da resultados al votante. Una apatía ante la toma descarada de instituciones por poderes paralelos que desprecian al ciudadano, y lo hacen descaradamente. Si ni adentro del país hay liderazgo o entusiasmo, ¿realmente pretendemos que el expulsado muestre el más mínimo interés cívico-electoral?