Cable a tierra

Elecciones y la disputa por la hegemonía

Karin Slowing karin.slowing@gmail.com

Tendremos elecciones en medio de una lucha por el control del Estado, que aún no se ha zanjado. Más bien, las elecciones serán la continuidad de esa guerra donde se disputan la hegemonía. La élite económica más conservadora, cuyas riquezas siguen estando más vinculadas a la tierra y la producción agroindustrial, se enfrenta a una facción más modernizada, cuyo capital se reproduce preeminentemente en relaciones económicas transnacionalizadas, vinculadas a inversiones en finanzas, energía, servicios y bienes inmobiliarios. Ambas han gozado y gozan de privilegios conferidos por el Estado. Ninguna ofrece, al menos por el momento, una alternativa real de cambio para los millones de excluidos y hambrientos que conforman la mayor parte de guatemaltecos.

A nivel de facciones, la elite más tradicional es la que controla el juego y la que se siente continuamente amenazada de perderlo, especialmente si cambia el rumbo de los vientos de la geopolítica internacional, donde encontraron un nicho de influencia que les permitió retomar dominio de varias instituciones del Estado durante los últimos meses.

En medio de ambos bandos domina un amplio espectro de tonalidades de gris, donde se asientan personas y familias que a la mejor se resisten a decantarse plenamente por uno u otro, justamente porque tienen intereses y redes familiares en ambos lados. Por eso, los grupos económicos de la elite que tienen una visión más progresista no terminan de cuajar y posicionarse como alternativa, pues podría significarles altos costos personales y económicos. Otros grupos, como los cooperativistas, de supuesta raigambre más popular, se han mantenido en conveniente y consentidor silencio; lejos están de plantarse como lo que alguna vez fueron concebidas: fuerzas económicas organizadas para defender los intereses de los pequeños y medianos productores asociados del país, sus dirigentes han caído en una especie de “delirio wannabe”, que anula la posibilidad de que se constituyan en fuerzas alternativas que rompan con esa hegemonía ahora en disputa.

En ese escenario, votar será, sobre todo, un acto para reivindicar la opción de una salida no violenta a la grave situación que vivimos, pero no necesariamente la palanca que nos sacará del pantano. Es previsible que el conflicto seguirá, hasta que una de las facciones deje caer la pelota, rompa el balance de fuerzas que nos mantiene en este impase y doblegue al contendiente, al menos temporalmente. Obviamente, en ese proceso no está ajeno a los influjos de la geopolítica regional que puede desequilibrar hasta el propio tablero.

Así que, estimados lectores, no se pierdan entre tantos rostros y la marea de propaganda. Quién es el o la presidenta importa; pero, ante todo, piense bien por qué partido votará para el Congreso, y para su municipalidad. Ambos espacios son los que definen finalmente las reglas del juego a las que se somete la sociedad, y las municipalidades marcan la calidad de nuestra cotidianidad. Recuerde que para el Congreso no puede elegir individuos, tendrá que elegir partidos. Y es en el Congreso donde se escriben las reglas del juego con las que se rige la sociedad. Así que la amplia oferta partidaria no es tal.

Por supuesto, hay que leerlos respecto a su posicionamiento anticorrupción, pues, ¿de qué nos servirán miles de promesas, en salud, educación, empleo, y demás, si lo más esencial de la depuración del Estado no tiene cabida firme y mecanismos claros para lograrlo? La lucha contra la corrupción es condición indispensable, mas no suficiente; para salir de esta, hace falta mucho pero mucho más, que no necesariamente será prioridad para las facciones en disputa.