La buena noticia

En la catástrofe, servir es reinar

Víctor Palma amons.esc@gmail.com

La conocida frase de R. Tagore (1861-1941): “Dormía y soñaba que la vida era alegría, desperté y vi que la vida era servicio, serví y vi que el servicio es alegría”, expresa de alguna forma la celebración cristiana de mañana, Jesucristo Rey del Universo: aquel a quien se exalta como “rey/gobernante” no es otro que el “Siervo/servidor” de Yahvéh (cf. Isaías 52,13ss). De hecho, el drama de la separación de la función de gobierno —en cualquiera de sus formas y ámbitos, desde la familia al Estado— de aquella del servicio, produce el mal de la avaricia, la corrupción, la tiranía y, en el fondo, el desinterés por los “gobernados/liderados”.

Curiosamente, “gobierno” proviene de dos términos griegos inseparables: “gob o kub” = conducir, y “nao” = la nave, la barca comunitaria: el que la conduce va al frente, soportando en primera persona vientos y mareas, y orienta el rumbo según el bien común. En su personalidad como “rey/servidor”, Jesucristo realizó el mayor servicio a la Humanidad —aquel de dar la vida por todos—, movido por el único motor auténtico, el amor: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15,13; cf. Papa Francisco, Encíclica Fratelli tutti 186): La actividad del amor político). Así, en cuanto al servicio, es importante aclarar:

1) No es la eficiencia, la cual puede tener una máquina, incluso para producir balas o veneno: los parámetros del eficientismo han terminado por calificar como “buenos” resultados productivos excelentes, pero obtenidos “a cualquier costo”, incluso más allá del bien moral;

2) No es la fidelidad a un programa o conjunto de ideas: uno y las otras pueden cambiar de pronto, y el servidor se convierte en “tirano populista o simplemente liberal” (cf. Fratelli tutti 155-197): el servicio se orienta más bien a las personas concretas, aún cuando haya una distancia en la coincidencia de convicciones o credos, dando lugar al servicio que nace de la fraternidad “sin fronteras” (Fratelli tutti, 3).

3) El servicio a fondo implica cierta “muerte a sí mismo”, según el modelo de Cristo: “El verdadero poder es el servicio” (Cardenal Bergoglio, Papa Francisco, Editorial Claretiana, 2013).

El involucramiento de la vida personal en el servicio —más allá de cómodos horarios, conveniencias, o búsqueda de aplausos— es el gran presupuesto de todos las vocaciones, oficios, cargos públicos, sociales, religiosos, etc. Y este compromiso se da cuando se sirve “a la parte baja” por excelencia, de la Humanidad: los migrantes, los afectados por las tormentas, pandemias, guerras, violencia.

En la Última Cena, el Siervo de Yahvéh, el celebrado como Rey del Universo, “lavó los pies de sus discípulos” (cf. Juan 13,1ss.): no lavó o perfumó la cabeza, la parte noble y vistosa de la persona, sino lo humilde, lo cercano a la tierra, los pies de los suyos. Y claro, se quitó la túnica —símbolo de la vida misma que se entrega— y antepuso a ella la toalla del servicio.

La actualidad de la Humanidad —pandemia, tormentas, catástrofes y guerras— es el escenario/oportunidad para los verdaderos servidores, que ya se dan: los que se han olvidado de su comodidad/seguridad para imitar al futuro Rey del Universo, quien dijo precisamente: “¿No es cierto que se considera más importante al que está sentado a la mesa?

Sin embargo, vean que yo, el Maestro, estoy entre ustedes como el que sirve” (Lucas 22, 27).