La era del fauno

Entre risa y risa, hasta una guerra galáctica…

Juan Carlos Lemus @juanlemus9

Cuando hacíamos turnos de noche y no había que atender la tienda, tomábamos café, fumábamos y jugábamos ajedrez. Eran tiempos en los que se podía fumar en espacios cerrados. Atender la tienda decíamos, por bromear, para referirnos a trabajar por radio con los aviones. Éramos controladores de tráfico aéreo en la torre del control del aeropuerto La Aurora. Después de medianoche llegaba un avión cada hora o más, hasta que daban las seis. Así la pasábamos.

Un hombre mayor, perteneciente a la segunda camada de controladores de este país, de aquellos que se formaron en Japón, Brasil y México, nos entretenía contándonos historias de fantasmas y aparecidos en la torre vieja.

Siempre estaba presente en cada turno algún especialista de la Fuerza Aérea. Al principio, hubo esa rencilla sigilosa entre civiles y los miembros de la FAG, que se dirimió con la convivencia y la relación técnica laboral.

Una de tantas madrugadas, un sargento de la FAG nos contó una anécdota presidencial. Resulta que en algún momento de los años 80 fue noticia que se veían ovnis en el cielo cobanero. Se decía que naves extraterrestres cruzaban el espacio aéreo durante la noche. Recuerdo haber leído la noticia en la portada de un periódico. Los pobladores aseguraban que veían luces y a veces oían sonidos como de motores. Él no había visto ni uno solo. Lo llevó a colación para contarnos que había estado prestando algún servicio en Cobán durante los días de las supuestas apariciones, cuando se hizo presente el Comandante General del Ejército, es decir, el Presidente de la República, uno de los muchos militares que gobernaron el país. Ante la supuesta presencia de ovnis, ordenó que despegaran y patrullaran la zona los aviones de la FA. Estaban activos los A-37. Lo sorprendente no fue solo que diera la orden de patrullaje, sino que ordenara que si veían ovnis les dispararan.

Para fortuna de los extraterrestres, nuestros pilotos no los encontraron. Habríamos peleado con nuestros —para entonces ya viejos— A-37; un par de Pilatus; un par de Fokker-27; unos Arava panzones, de aquellos que parecían zepelines verdes levantándose con su tremendo vientre en el que transportaban soldados y campesinos de finca en finca. Los ovnis habrían salido huyendo de nuestra cacería… Se habría desatado una guerra galáctica y no estaríamos hoy contando el cuento.

Siempre ha habido gobernantes desquiciados. Presas de su egolatría y falta de contacto con la realidad, han llevado, entre risa y risa, a este país por las cavernas de la desnutrición intelectual. Lo peor es que se han pasado el cargo de unos a otros en el ejercicio demencial. Cada vez peores, cada vez más una mezcla de payaso diabólico, con las décadas, los gobernantes nos llevan y traen del pasado cavernario hacia el presente desprovisto. Cuando vemos hacia atrás, entre risa y risa, llevamos docenas de años entrampados en lo mismo.

Teóricamente, postularse a un cargo de gobierno debería ser un acto de solidaridad con los gobernados, un privilegio y no una vergüenza, como lo es. Los cargos a diputados fueron creados para representar los intereses de los ciudadanos, no, como es el caso, para ser ocupados por ladrones de los cuales tenemos que cuidarnos.

En un país normal, que no es de este planeta, lo cuerdo sería que los candidatos y gobernantes fueran vistos con gratitud, pues emplearán su tiempo y esfuerzos en buscar el beneficio de todos, como personas honorables que representan a una población. Pero, como escribió Roa Bastos: “Hay políticos lo suficientemente mediocres como para aspirar a los más altos cargos”.