Registro akásico

Escuchemos a conciencias elevadas

Antonio Mosquera Aguilar http://registroakasico.wordpress.com

Para no ser increpado de encubridor es preferible no ver. Pero a veces es imposible. Se está presente. Es el fragor de los aviones con sus motores a toda marcha, para frenar en la pista del aeropuerto, que rompe el silencio y despierta, en la madrugada. Son los cientos de desdichados, cubriéndose los rostros con sus chumpas, para no ser reconocidos. Estaban en la sociedad donde el empleo está disponible para quien desee trabajar. Ahora han sido expulsados a la tierra del regateo cuando se ejercen los derechos; del estorbo a quien labora; de la extorsión del crimen organizado o estatal para todo emprendimiento; de los servicios públicos de la más baja calidad posible y del peculado generalizado.

Aquí están. Mejor es mirar hacia otro lado. ¡Que se arreglen como puedan! No importa que el país crezca económicamente gracias a los envíos de los migrantes a sus familiares. No se despierta cordialidad por los deportados. Sin embargo, a veces es necesario observar, aunque sea de soslayo, pues unos cuantos de los expulsados están enfermos. La autoridad migratoria estadounidense y mexicana los envió, a pesar de ser portadores del virus causante de la pandemia.

En 1348, en medio de la peste bubónica, los tártaros no podían tomar la ciudad de Caffa, actual Feodosia, en Crimea. El ejército invasor era diezmado por la enfermedad. Así, decidieron catapultar a los cadáveres de los infectados por encima de las murallas. Se suponía que infectarían el aire de la ciudad; después se supo que lo importante eran las pulgas portadas por los cadáveres. Se califica a este ataque como la primera acción de guerra biológica en la historia de la humanidad.

Por lo tanto, es equivalente a la deportación del 14 de abril de este año, cuando arribaron 14 personas positivas de infección por coronavirus, después han arribado otros. Las excusas sobran: no fue intencional, un fallo administrativo, el manejo estaba en manos de funcionarios de muy bajo nivel, etc. Protestar también es fácil, pero llamar a una rectificación de conciencia necesita de estatura moral comprobada.

La Conferencia Episcopal de Guatemala (CEG) se expresa golpeada en su corazón por las deportaciones masivas. Se pregunta ¿cómo es posible deportar en esta hora a quienes trabajaron con honestidad a favor de la economía norteamericana o mexicana? En los casos de EUA y México piden revelen sentido de humanidad. Además, es un deber cristiano atender a los enfermos.

No obstante, también manifiestan la falta de solidaridad hacia los paisanos expulsados. Se les rechaza y se les sindica de contagio sin ninguna base clínica. Antes, dicen los obispos, cuando enviaban remesas se les felicitaba y alababa. Ahora, cuando no tienen siquiera un dólar en la bolsa, son rechazados. Sin pretensiones de dirigir o entrometerse en las medidas sanitarias, llaman al cuidado personal y del prójimo.

La CEG ha proclamado el orgullo de sufrir, a pesar de ser virtuosos. La Iglesia católica, al suprimirse los festejos y actos religiosos de este año, ha sido muy afectada. No obstante, están seguros de que volverán la alegría y la fiesta después del momento de prueba por la pandemia mundial.

Independiente de cualquier credo o convicción, se debe reconocer que los obispos del país han sabido expresar los mejores sentimientos compartidos por gran parte de la ciudadanía. No se quedaron callados, ni voltearon la vista hacia otro lado, sino llamaron a elevar nuestro sentido de justicia, mantener la esperanza en el mérito de conducirse con una conducta apropiada y exteriorizar en nuestros actos el sentido del honor.