La buena noticia

Esta Cuaresma: ¿ser tan santos como Dios?

Víctor Palma amons.esc@gmail.com

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Afirmaba el teólogo luterano Rudolph Otto (1869-1937) que Dios es “Totalmente Otro” (Ganz Andere) respecto de la realidad de lo humano. Ello refrenda las muchísimas afirmaciones de la Biblia sobre la distancia infinita entre la debilidad humana y la divinidad del “santo tres veces” —o “qadósh, qadósh, qadósh— como proclamaban los serafines en la visión de Isaías en el Templo (Is 6,1ss). Por ello sorprende en la Buena Noticia de mañana que sea Dios mismo el que mande vivir una santidad como la suya: “Sean santos porque yo el Señor soy santo” (Lev 19,1-2). Más aún, sorprende que el mismo Jesús indique no que se deba “ser buenos”, sino “perfectos” (en el griego “téleioi” o llegados a la finalidad de destino) como el Padre celestial. En lenguaje del Papa Francisco: “Tener el ADN de Dios, su amor-misericordia” (1 Febrero, 2017).

Sirven algunas notas: 1) En realidad el estado original del ser humano era la bondad-santidad: cuando Dios lo crea al sexto día (Gen 1, 27ss) “ve que es muy bueno” (en hebreo “tob mehod”): no simplemente bueno, sino integralmente bueno. La historia posterior del hombre, su degeneración en la maldad, la reportada todos los días en las noticias de crímenes horrendos, insensibilidades asombrosas, crueldades que superan a las especies animales, no estaba en el producto original. Por lo que la santidad no es un logro extraordinario o anormal, sino una restauración de la situación inicial; 2) La “santidad de Dios”, a la que Él quiere que el hombre no solo aspire, sino viva, no es el ejercicio de un poder extraordinario, como curiosamente se llamaba una agrupación cristiana: “Santidad y Poder”, por cierto muy ruidosa pero poco caritativa… Todo lo contrario: la santidad divina tiene que ver con la vida, de la que Dios es fuente y protector; 4) Por ello, inmediatamente luego del mandato de ser “santos como Él”, el Señor agrega: “No odies a tu hermano, ni en lo secreto de tu corazón… ama a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19,17-18): de donde la imitación de la santidad de Dios no es en prodigios, prosperidades, taumaturgias y demás superaciones de las leyes de la Física o de la Química, y ni siquiera en la posesión de una “sabiduría bíblica o religiosa”, sino en el amor al prójimo; es decir, en lo que en sí mismo define a Dios según aquello tan claro: “Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (1Jn 4,8); 5) En su lectura de la afirmación aparentemente tan atrevida de San Pablo: “Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo” (1Co 11,1) M. Lutero (1483-1546) veía una especie de “poema o utopía de alabanza”, pero no una posibilidad real: aquella que, por el contrario, sí es posible, como un “imitar a Cristo” en lo único que Él mandó, renovando lo pedido por Dios en Levítico: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 36-40); 6) La sorprendente serie de aparentes “excesos” pedidos por Cristo: amar al enemigo, no resistir al mal recibido, hacer el bien sin interés, son la vía, no de la negación de la justicia, sino la de su superación en el misterio del amor que perdona e imita a Dios, que “no nos trata según nuestras culpas” (Sal 103,10).

Así el “reconciliarse con Dios” al que invita Papa Francisco en su Mensaje para esta Cuaresma 2020 lleva a dar la razón a S. Teresita del Niño Jesús (1873-1897) cuando afirmaba: “Dios no me inspira cosas irrealizables, por lo que a pesar de mi pequeñez puedo aspirar a la santidad”.