Con otra mirada

Fiambre, patrimonio cultural de los guatemaltecos

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

Guatemala, a pesar de la clase política que últimamente cooptó las funciones de gobierno, es bella y extraordinaria por cualquier lado que se la vea. Destaca su riqueza natural y cultural, que la posicionan como uno de los países más plurales del mundo, en el que la salvaguardia de esos patrimonios debería ser fuente de riqueza a través de la creación y apoyo de empresas e industrias culturales, entendiendo la cultura como motor de desarrollo y crecimiento integral.

La legislación vigente, Ley para la Protección del Patrimonio Cultural de la Nación, dentro de la amplia gama del patrimonio cultural, reconoce dos grandes ámbitos: el Patrimonio Cultural Tangible constituido por los bienes culturales muebles e inmuebles; y el Patrimonio Cultural Intangible integrado por instituciones, tradiciones y costumbres tales como: la tradición oral, musical, medicinal, culinaria, artesanal, religiosa, de danza y teatro.

Así, el Ministerio de Cultura y Deportes, atendiendo la iniciativa del Club Rotario de Guatemala, emitió el Acuerdo Ministerial No. 880-2019 dando a conocer, el pasado 13 de octubre, la declaratoria del Fiambre como Patrimonio Cultural Intangible, durante la celebración rotaria del I Festival del Fiambre, en el Parque de La Industria.

Sin duda alguna se trata del manjar más representativo del mestizaje gastronómico en nuestro país, que se prepara para el día de los Santos y de los Difuntos, el 1 de noviembre, cuando se experimenta otro fenómeno cultural, el sincretismo religioso entre el cristianismo impuesto durante la colonia y la tradición ancestral de los pueblos indígenas mesoamericanos, de llevar “comida sacra o de difuntos” al cementerio, para compartirla con sus seres queridos fallecidos; al tiempo que los multicolores barriletes que se enarbolan, facilitan el tránsito de las almas hacia el infinito.

De acuerdo a los registros del historiador Celso Lara Figueroa, recientemente fallecido, hacia 1625 el fiambre ya estaba instituido como vianda para degustar el Día de Difuntos, según lo menciona el fraile Tomás Gage en su crónica Viajes a Guatemala y Santiago de Guatemala.

Para quien visita nuestro país, el plato puede lucir como un revoltijo de colores, olores y sabores, apetecible o no, que desde luego responde a ese concepto barroco que los guatemaltecos acostumbramos aplicar en todos los órdenes de la vida.

Ejemplo de eso es cómo nos expresamos, la manera alambicada de relatar un hecho; el protocolo de un saludo y el ceremonial con que damos inicio a una conversación. No digamos el modo de preguntar a un dependiente de comercio por algo que buscamos o peor aún, la forma de abordar a un empleado público para iniciar el trámite de una gestión; damos mil vueltas alrededor del asunto para finalmente exponer, sin total claridad, lo que deseamos.

Así es el Fiambre, con la diferencia que tiene el sabor propio de la receta de casa que viene de al menos dos generaciones atrás, que está aderezado con la calidez familiar y es preparado para el día en que la familia se reúne para recordar a quienes nos trajeron a este mundo, alimentaron, cuidaron, educaron y dieron todo lo que pudieron darnos. El resultado, es la síntesis gastronómica de nuestro origen biológico y de identidad cultural como Nación, que hacen del Fiambre una comida excepcional.

El día de los Santos o de Difuntos, une a las familias con el único fin de pasarlo bien, disfrutar de nuestra mutua compañía; recordar a los ancestros y transmitir a las nuevas generaciones los valores éticos y morales, que solo ahí se puede dar.