Cable a tierra

Filgua es patrimonio cultural

Karin Slowing karin.slowing@gmail.com

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Con profundo desagrado me entero de que el ministro de Economía cedió el día de ayer la marca Filgua a sus camaradas de la Cámara de Industria, en un abierto acto de desprecio e irrespeto al esfuerzo que durante años han hecho muchos medianos y pequeños empresarios de este sector de la economía naranja para levantar un evento anual que ha acercado los libros y el hábito de la lectura a miles de personas; que ha abierto un espacio para que los escritores nacionales, las casas editoras, las librerías se encuentren con los lectores y consumidores de este bien que, durante siglos, ha hecho la diferencia en la evolución de la humanidad. Los eventos de la Filgua exceden, con creces, la finalidad de vender libros; son espacios de intercambio intelectual; para honrar autores, escritores, forjadores de pensamiento y emprendedores de este innovador sector de la economía que con su trabajo contribuyen también al crecimiento de la economía, como cualquier otro empresario. ¿Tal vez es eso lo que les molesta? ¿Que es un sector que, con su trabajo, no solo crea riqueza material, sino que también cimenta y acopia la riqueza del conocimiento que la humanidad va desarrollando y legándose a sí misma, generación tras generación? El aprender nos sacó de las cavernas; comprender y usar ese conocimiento nos permitió alimentarnos de mejor manera y sobrevivir; y fue, nuevamente, el conocimiento humano durante el Renacimiento el que sentó las bases para la Revolución Industrial, esa que transformó, una vez más y para siempre, nuestra forma de vivir y producir.

Es una gran ironía que sea la Cámara de la Industria, ese sector de la economía que se ha beneficiado tanto del conocimiento humano, y de quienes se han esmerado por plasmarlo en libros, quien haga esto. Un dictamen legal, formulado desde el poder y las influencias, podrá amparar la medida, pero no por eso será una acción éticamente correcta.
Con esta medida, el Mineco no solo daña a quienes han construido con su esfuerzo y trabajo tesonero lo que ahora representa ese nombre y esta actividad cultural para el pueblo de Guatemala. Si a eso le sumamos que su entidad satélite, el INE, ha perdido totalmente la brújula del cumplimiento de su mandato como ente productor de estadísticas nacionales, la suma de acciones impulsadas desde esta entidad pública redunda en la asfixia intelectual de Guatemala, retrocediendo al país y al Estado de Guatemala a la forma más discrecional y arbitraria de gobierno, esa que no se basa en la ciencia ni en la evidencia, sino en decisiones viscerales que encubren cualquier gama de intereses cuestionables.

Filgua es más que una marca, es parte de nuestro patrimonio cultural. Arrebatar la marca a sus legítimos dueños es lo mismo que hacen cuando expolian el patrimonio arqueológico y cultural maya. Usan la marca, pero desprecian a sus portadores. Triste presente y futuro le espera a Guatemala cuando el conocimiento, cuando el trabajo intelectual es menospreciado de esta manera. Está visto que acá algunos no quieren personas pensantes; quieren zombies consumidores, que paguen lo que les pidan, y que se sometan gustosos y sin protestar a la cuasi-esclavitud (porque esclavitud no quieren, porque a los esclavos hay que alimentarlos y darles techo) de trabajos mal remunerados, sin ningún tipo de protección legal ni social. Por eso permiten que los niños sigan con hambre, y la educación esté en el abandono. Por eso les conviene seguir estimulando la emigración indocumentada, pues con ella reciben dólares por toneladas y se libran “del problema”. Las acciones contra la Filgua son parte de todo ese esquema regresivo que se han empeñado en imponer en Guatemala.