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Guatemala: ¿happycracia, república o democracia?

Carolina Escobar

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Son los tiempos de la tiranía de la felicidad. Hay que ser felices a toda costa, pasando por encima de quien sea, porque vida solo hay una y ya nos mostró la pandemia que, además, la vida es algo efímero e incierto. Hay que juntarse con personas que hablen cosas lindas; decorar la casa según las reglas del arte zen; escuchar mensajes motivacionales; ver comedias “light”; rezar para que cambien los gobiernos; no leer libros de historia, ciencia o filosofía, por ejemplo, sino de fácil digestión; y menos hablar de política y corrupción. La realidad es demasiado dura como para, además, sumarle conciencia.

En la happycracia chapina, criticar es prohibido y disentir es cuestión de personas amargadas o tóxicas, a menos que piensen exactamente como nosotros. Nada de hablar sobre pobreza, desnutrición, falta de educación, genocidio, rezagos en salud, violencia sexual, corrupción, impunidad, cooptación del Estado, ideologías políticas, educación integral en sexualidad, contaminación de ríos y lagos, fraudes, diversidad, explotación de los territorios y cosas así de desagradables.

Que no se atreva ningún organismo internacional a implantar ideas contrarias a nuestra moral confesional medieval, a decir que somos uno de los países más pobres del mundo o que nuestro mayor problema económico es la falta de educación, porque saltan los cancerberos del statu quo a negarlo (como si no supiéramos que en la base de la negación está el miedo).

Esta happycracia tiene dueños, pero además tiene su propia narrativa, sus propios voceros y sus propios medios de comunicación, tanto nacional como internacionalmente, y quieren vender la imagen de un país que no existe. La mentira repetida se vuelve verdad, dijo Goebbels. De hecho, el vocero del gobierno actual dijo que están creando una nueva plataforma en inglés “para neutralizar y aclarar los ataques de medios internacionales que informan sobre Guatemala”. Se olvidan que vivimos de las remesas, que hay 3 millones de inmigrantes guatemaltecos en Estados Unidos y que, buena parte de la juventud guatemalteca vive con un pie afuera desde que toma conciencia del país en el cual habita.

Ser felices es, sin duda, un ideal humano. Hacer lo que podamos para vivir con más paz y equilibrio, es indispensable en un mundo tan incierto y, sobre todo, en un país tan empobrecido y corrupto. Pero la felicidad de hoy está muy asociada al modelo económico, al nihilismo, a la tiranía del yo y al olvido de la otredad. Esta despótica y mal entendida felicidad express le funciona bien al pacto de corruptos que se sigue sirviendo con cuchara grande de nuestros fondos públicos y mantiene a la mayoría en Guatemala pobre, desnutrida, silenciada, neutralizada y sin educación, porque responde bien al modelo mercantilista del consumo sin conciencia y la acumulación sin ética. A esa happycracia le digo: no gracias.

Treinta jueces, fiscales, operadores de justicia independientes y periodistas que han investigado, denunciado o seguido casos de corrupción están hoy fuera de Guatemala o en la cárcel. No hay semana que no conozcamos un caso de corrupción en el manejo de nuestro dinero y nuestra justicia, y cientos de políticos corruptos y funcionarios de Estado se han vendido sin chistar, porque “la vergüenza pasa pero la plata queda en casa”. Los tres poderes del Estado están secuestrados por la misma mafia que crea narrativas acordes a sus intereses, y el traje con que han vestido a Guatemala está hecho a la medida del pacto de corrupción que nos gobierna.

Guatemala tiene gente maravillosa, pero no es hoy un país ni asombroso ni imparable (a menos que estemos hablando de corrupción). Guatemala no es la República que anhela nuestra Constitución, con separación de poderes, justicia universal y ausencia de dominación; tampoco es la democracia que defiende el derecho de la ciudadanía de elegir y controlar a sus gobernantes. Esto es una happycracia, donde los que gobiernan buscan ser felices, a costa de destruir un país y un futuro.