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Guatemala, su juventud y su esperanza

Carolina Escobar

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He escuchado, más de una vez, a mujeres y hombres jóvenes de Guatemala decir cosas como: “Si pudiera, me iría”, “cómo no me fui antes”, “qué frustración vivir aquí”. Incluso una vez, sentados muy cerca de un paso fronterizo con EEUU, un joven indocumentado me dijo: “si me agarran, me vuelvo a ir. Eso es mejor que vivir como vivo en Guate”(sic). La última vez que oí algo así, fue hace dos días, y me lo dijo un joven muy trabajador que está por cerrar su maestría pero que, además, tiene plena conciencia del “país” que habita. No sé si me lo dijo porque conoce bien la historia de violencia y corrupción que nos definen hasta hoy, si fue porque presenció muy de cerca lo sucedido en las movilizaciones ciudadanas recientes, o si fue porque acaban de asaltar a su madre en su propia casa.

El hecho de que tantos hombres y mujeres jóvenes quieran irse de Guatemala y terminen emigrando para no volver, es una tragedia en muchos sentidos. No porque migrar sea malo. El derecho a migrar es indiscutible e inalienable, e incluso antropológicamente migrar se considera un rito de paso que la juventud de cada cultura ha practicado por siglos, en su transición a la edad adulta. Es tragedia, porque Guatemala no los motiva a volver. Esto genera multiduelos en la misma juventud que se desarraiga de todo lo que podría darle sentido de pertenencia e identidad (su idioma, su familia, su comunidad, su escuela, su país), pero también provoca fuertes rupturas comunitarias y sociales. ¿Cómo se levanta un país con generaciones de jóvenes que se fugan de los entornos miserables, corruptos y violentos que les ha tocado vivir? ¿Qué han aprendido las y los jóvenes de las generaciones que han ostentado el poder político, económico, académico, religioso y social durante las últimas seis décadas?

Legalmente, ser joven en Guatemala es ser menor de 29 años. Hay otras clasificaciones, pero uso esta como referencia. Visto así, el 70% de la población de Guatemala es actualmente joven. Eso significa que podríamos ser un país vibrando y creciendo al ritmo de una juventud educada, sana, bien alimentada, bien tratada, feliz y dispuesta a seguir los ejemplos de los adultos que conforman su “sociedad formadora”, como yo le llamo. Pero sucede que el 76.1% de toda la juventud guatemalteca vive en pobreza, dentro de un estrato socioeconómico bajo. Sucede que en Guatemala todos los días revientan los casos de corrupción, los abandonos de un mal sistema educativo, la doble moral de los dirigentes, los hechos de sangre en lugar de los diálogos, la falta de nutrición y salud, las violencias sexuales y los embarazos forzados, los saqueos que impiden el desarrollo de esa misma juventud a la que le piden los votos, y las vergüenzas de los pseudo liderazgos políticos y económicos.

No es casualidad que, en Guatemala, la pandemia del Covid19 esté matando en mayor porcentaje a la población joven, en comparación con el resto del mundo. La letalidad es cuatro veces más grande que en España, y dos veces más que la de Costa Rica y Colombia. Importante mencionar las diferencias que hay entre las áreas urbanas, rurales y los asentamientos urbano periféricos que han recibido a miles de personas jóvenes que llegan a la capital a buscar empleo y pasan a condiciones de hacinamiento y miseria aún peores, que no nos atrevemos ni a describir. Deborah Levenson en el libro Maras y Pandillas en Centroamérica (Tomo 1) señala que, incluso “la delincuencia de las maras gira alrededor de la economía” y está íntimamente relacionada “con la coyuntura histórica, en la que la cultura del consumo y el sueño burgués de la juventud se convierten en tentación para los desposeídos.”

Hay que cambiar Guatemala radicalmente. Hay que reimaginarla, no reconstruirla, porque el modelito sigue sin derramar dignidad para un altísimo porcentaje de la juventud. ¡Fuera las generaciones corruptas, del color que sean! Este país es joven y lo queremos vibrando en las escuelas, las calles, las plazas y el futuro.