La era del fauno

Habla la hipocresía: “Pese a ser pobre, indígena y mujer…”

Juan Carlos Lemus @juanlemus9

En la velada de los premios Oscar, una entrevistadora dice a Yalitza Aparicio: “Felicitaciones, eres la primera mujer indígena nominada a recibir un Oscar”. El énfasis mujer indígena en los medios de comunicación más parece un premio a la imposibilidad. Es la moda. Reconocer ante las cámaras es la moda. Uno debería ir por ahí sin necesidad de aclarar si es mestizo, indígena, negro, lesbiana, blanco, pobre o rico.

Agrega la entrevistadora: “¿Qué mensaje le quieres enviar a tu comunidad en Oaxaca?”. A Rami Malek no le preguntaron qué puedes decirnos de tus raíces egipcias. Tampoco dijeron a Glenn Close qué mensaje darías a los habitantes de tu pueblo, Greenwich. Aparicio ha sido etiquetada más por el tema de la película, por su estrato social y por la marginalidad de sus orígenes que por su cualidad actancial. Los comentarios sobre la cinta, la crítica y las entrevistas abandonan a la mujer que desempeña una actuación compleja y se vuelcan sobre su vestuario. Al anteponer su situación personal social, ¿en dónde quedó la actriz? Es llevada de la ficción en la que interpreta a una mujer que sirve a una familia, hacia el servicio como persona en la vida real para un discurso. Se pretende que abandere una reivindicación en nombre de un país y un mundo racistas.

Claro que el planeta es incivilizado y por eso se tiene necesidad de sostener, fuera de farándula, luchas en contra de la desigualdad y de exponer cada logro. Pero sucede que esa práctica suele ser invadida con mezquindad. Medios y personas aprovechan tales luchas para exhibir una tolerancia, una aceptación fingida o su paternalismo. Disfraz de solidaridad. Es como cuando alguien presume de tener un amigo gay que practica rugby en Sudáfrica ¿Por qué especifica que es gay? ¿No ha escuchado, usted, gente por ahí que presume de tener amigas feministas, veganas y tatuadas, solo para explicar su propia ubicación y así ganar aceptación? ¿Qué clase de persona habla de la individualidad de otra para ponderar una relación amistosa? A nadie importa cómo vive, viste, o cuál es la sexualidad de otras personas. ¿O sí?

El mundo habrá evolucionado cuando no se tenga necesidad de convencer a nadie de que hay exclusión y tampoco necesidad de mostrar los logros de la exclusión; cuando se quiten las etiquetas y no sea necesario discutir sobre la marginalidad, feminismo, desigualdad, pobreza o discriminación LGTB. Toda necesidad de lucha demuestra que hay un vacío. Si afuera de su país Aparicio ha sido enfocada más como un hecho excepcional que como actriz, peor le ha ido en su tierra. Desde que la película Roma fue en ascenso, lo granado de lo palurdo —la televisión mexicana farandulera— no ha parado de asediarla. Exponen sus orígenes como si fuera una pieza arqueológica; detallan su modo de vida; enfocan a su abuela que teje hincada sobre la tierra; resaltan que su madre lava ajeno; muestran imágenes de su aldea; acosan a sus vecinos, incluso, a los albañiles de un terreno aledaño mientras trabajan. El asedio es total y es miserable. Va maquillado de expresiones tales como la linda persona que es Yalitza, su triunfo pese a ser pobre, indígena y mujer.

Todo eso hay que verlo con dos dedos puestos sobre la nariz. Y si esa clase de televisión mexicana le parece degradante, agárrese, que viene a ser una suerte de academia de las artes para la televisión guatemalteca. Nuestros presentadores han aprendido puntualmente a reciclar la basura. Imitan el tono de voz, el sensacionalismo, el alargamiento de las frases alarmistas para dramatizar el escándalo. Son todo un fenómeno.