Pluma invitada

Hay que leer a los genios olvidados, no rescatarlos

El propósito de las reediciones es que los lectores recuperen lo que vale la pena de otro mundo.

Es una verdad universalmente reconocida que los críticos literarios son las personas más molestas del mundo. Son elitistas o no tienen dignidad. Son divisorios. Son esnobs. De hecho, su profesión está muerta y lo ha estado desde hace décadas. Y al darse cuenta de que son irrelevantes, se dan demasiada importancia.

El año pasado, la pequeña revista n+1 reiteró una política de larga data: nada de muertos.

Supervisar el desarrollo de una cultura literaria, que es parte del trabajo de un crítico, es un proceso de vaivenes. Los críticos determinan qué libros publicados en la actualidad deberían considerarse “clásicos instantáneos”, qué autores son más adecuados para ser calificados como “poco conocidos” y qué libros publicados en décadas o siglos pasados merecen ser reexaminados. A principios del siglo XX, las reediciones complicaron estas categorías. Libros antiguos como “Te quiero verde” y “Stoner” (e incluso “Moby-Dick” y “El gran Gatsby”) se hicieron más famosos tras su reimpresión de lo que habían sido cuando se publicaron originalmente.

El canon mismo se encuentra en un proceso constante y continuo de conformación por parte de los amantes de los libros, que a menudo discrepan no solo sobre lo que se considera literatura, sino también sobre el propósito de leer literatura. Pero esto es una característica, no un defecto: el viaje de descubrimiento de la literatura (tanto para un crítico como para un lector cualquiera) está plagado de cambios de rumbo. Una reedición, a menudo publicada después de la muerte del autor, reequilibra el propósito de la literatura, alejándolo de la intención del escritor y acercándolo más a la intención del lector. El propósito de las reediciones es que los lectores recuperen lo que vale la pena de otro mundo. Como decía una reedición de principios de la década de los 2000 de un clásico de 1953 quizá olvidado, “el pasado es un país extranjero”.

A principios del año pasado, la pequeña revista n+1 reiteró una política de larga data: nada de muertos. Leer obras de autores fallecidos puede ser inevitable, pero como críticos literarios encargados de crear y moldear la conversación, escribir sobre muertos se consideraba inaceptable, porque era injusto esperar que los escritores contemporáneos, que ya luchan por conseguir atención para su trabajo, compitieran con sus predecesores. n+1 argumentaba que era necesario “redirigir la atención del público hacia la obra poco leída de los vivos”.

Con el paso de los años, la revista reformó esta política, pero no fue la única que mantuvo la idea general de que muchos autores fallecidos suelen estar sobrevalorados. Cada cierto tiempo se presenta una nueva lista de clásicos sobrevalorados, en la que se identifican autores que han tenido “más que suficiente tiempo bajo el sol”, con lo que se hace una convocatoria abierta para títulos que merecen ser degradados y se da “permiso” a los lectores de no leerlos. También de esta manera se hace y rehace el canon.

Algo similar también pasa con los clásicos infravalorados. “Ya basta de escritores ‘olvidados’”, imploró en 2017 un escritor en The Week: es una excusa trillada para hablar sobre un autor o un tema que nos gusta y no debería ser necesaria. A veces el crítico se rebela contra la editorial y su publicista. El verano pasado, una reseña de la novela de Susan Taubes, “Lament for Julia”, criticaba la manera en la que los editores deciden (al parecer por capricho) qué autores merecen reeditarse: siguiendo la corriente del crítico que pontifica sobre un tema arbitrario con una “autopresentación indirecta”, para “enarbolar su reputación elevando la de otro”.

Es cierto que el mundo literario —quizá alentado por editores, editoriales y críticos por igual— también habla con frecuencia sobre recuperar las voces “injustamente olvidadas” en las profundidades de la historia, en un intento de que sean “rescatadas del olvido”. Y es cierto que a veces tenemos ideas ridículas sobre quién ha sido olvidado o pasado por alto. ¿Se ha olvidado injustamente a John O’Hara tres años después de una ola de prensa relacionada con las reediciones? ¿De verdad hemos “infravalorado de manera tan evidente” a Alice Munro, James Salter y Langston Hughes?

La imperiosa necesidad de darle a obras literarias históricas algún tipo de relevancia contemporánea forzada, ya sea insistiendo en su naturaleza profética o borrándolas de la memoria colectiva para rescatarlas, parece pasar por alto la idea de que las reediciones pueden tener un valor inherente porque han envejecido, o incluso simplemente porque son agradables. Tal vez Taubes tenga algo diferente o más que ofrecer sin ser reducida a un ejemplo temprano de autoficción. Quizá una novela de Marguerite Duras sobre la pobreza rural francesa y el agotamiento no tenga que ser presentada ni contextualizada dentro de una historia sobre ser una madre cansada en un hogar de empleados de oficina en Estados Unidos. Quizá Elsa Morante merezca algo mejor que ser recordada bajo la sombra de Elena Ferrante.

Los críticos y los lectores suelen ser unos nostálgicos insufribles. En una carta que envió desde el exilio en 1513, Nicolás Maquiavelo describía su rutina nocturna: tras volver a casa después de la “vulgaridad” y las “nimiedades” de la vida cotidiana, se ponía “ropas regias y cortesanas” para comulgar con los muertos. Leyendo a los que le precedieron, “no le asustaba la muerte”, sino que se entregaba “a ellos”, a sus antepasados literarios.

Me gusta esta locura, ese ego excesivo combinado con un sentimentalismo excesivo. Pero buscar el consejo de los muertos es encontrar consuelo no solo en lo parecidos o cercanos que eran a nosotros, sino también en lo diferentes que eran, en lo diferente que vivieron la pobreza o la sexualidad o la política sexual o la guerra. Hay una magia desquiciada y espeluznante, una manía sin aliento, en las mujeres de la ficción de Taubes, Duras y Morante que habla por sí misma y es magnética no porque sea familiar, sino porque no lo es en absoluto.

No rescatamos ni regresamos a la circulación a autores para hacerles un bien, sino porque su obra es un fragmento de la historia. Necesitamos entender la literatura por derecho propio y como expresión de su propio tiempo y contexto, incluso si ese contexto es horrible o extraño o poco atractivo o problemático. Quizá siempre haya algo de acientífico en cómo decidimos a quién volver a incluir en la conversación, pero ¿a quién le importa?

La constante negociación con la historia es en sí misma el aspecto más crítico de un canon en constante desarrollo. Y así, las preguntas nunca cesan: ¿por qué rescatar a hombres blancos muertos en lugar de a escritores marginados? ¿Por qué editar a autores muertos problemáticos? ¿Por qué obligar a los escritores muertos a seguir publicando libros desde la tumba? ¿Qué hacemos con los escritores que no quieren ser leídos?

El solo hecho de hacerse estas preguntas es una especie de comunión con el pasado y los críticos deben hacérselas. Pero para vivir una vida de lectura enriquecedora, todos los lectores, no solo los críticos, deberían resistirse al imperativo de tratar las reediciones como si fueran particularmente pertinentes a nuestro momento actual y verlas en cambio como objetos a través de los cuales podemos experimentar otros tiempos. Deberíamos acoger el sentimentalismo y el entusiasmo del crítico, su insistencia en hablar de libros y autores que teme que no le interesen a nadie, porque deberíamos resistir el impulso de justificar cada momento de tiempo que pasamos y, lo que es más importante, porque consumir solo arte que se creó en el transcurso de nuestra vida es un pensamiento aterrador.

Leer bien —y escribir buenas críticas— aporta un sentido de asombro ante la historia y a pesar del egoísmo o el sentimentalismo que a veces pueden inspirar las reediciones, lo que estas hacen de manera única es obligar a una experiencia y negociación con el pasado que siempre será importante.

©2024 The New York Times Company

ESCRITO POR:

Apoorva Tadepalli

Crítica literaria