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Insultos, mentiras y verdades

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¡Qué fácil es dejarse llevar por el remolino de descalificaciones e insultos que pasan por argumentos sólidos en los medios de comunicación! Basamos fuertes opiniones sobre etiquetas. Emitimos tachas. Cancelamos. Bloqueamos cuentas. Escupimos las acusaciones más odiosas que podemos imaginar: traidor a la patria —o a otra causa—, neofascista, misógino, racista, narco, etc. La neblina que se forma en torno al blanco de nuestro enojo es tan gruesa que nos impide separar los hechos reales de los inventados.

A veces, tales actitudes acarrean leves consecuencias. Desde la privacidad de nuestra sala, podemos insultar públicamente al gobernante ruso Vladímir Putin o a la actriz Gwyneth Paltrow. Las vidas del acusado y del acusador no verán cambios significativos. Sin embargo, cuando apuntamos dardos a personas en nuestra esfera de influencia, sí podemos generar una tendencia que provoca despidos, regaños y sufrimiento emocional. Hace dos años, en Inglaterra, por ejemplo, la actriz y presentadora de televisión Caroline Flack se suicidó debido a los dolorosos comentarios del público respecto de sus problemas románticos y legales.

Es legendaria la toxicidad de la red social Twitter. Al amparo del anonimato, completo o parcial, se pueden difundir falsedades o “trolear” (ofender) con impunidad. El límite de 280 caracteres impide esbozar pensamientos elaborados y fundamentados. Otras plataformas siguen el mismo patrón. Mundialmente, las publicaciones inapropiadas van en aumento y se replican más que las publicaciones sosegadas.

Los algoritmos procuran que nos lleguen noticias con enfoques ajustados a nuestras preferencias. Contribuyen así a nuestra progresiva radicalización, y a la polarización social. Hemos dado en ver al “otro”, al contrincante político, como un sujeto potencialmente peligroso, únicamente por el hecho de que esgrime argumentos divergentes. Perdemos de vista lo que tenemos en común, y que son personas dignas de respeto.

Cultivemos el arte de separar los argumentos válidos de la difamación o las verdades a medias. No necesariamente lleva la verdad quien emplea un tono bravucón o emocional. Un artículo puede basarse en insinuaciones y supuestos, en vez de hacerlo en evidencia bien investigada y corroborada.

Un empresario no es diabólico simplemente porque es miembro del Cacif. No todos los que se oponen a Cicig están intentando esconder sus negocios sucios. Un manifestante no es automáticamente virtuoso porque afirma que aspira a una sociedad justa. Ser tío político del sobrino de la esposa del supuesto narco no convierte al tío en criminal. Una propuesta puede tener mérito, aunque su promotor no ajuste su conducta al ideal defendido, o posea algún defecto grave.

Podemos empezar a identificar argumentos falaces al hacer las siguientes cuatro preguntas. ¿Quien escribe intenta persuadirnos a toda costa, empleando retórica, o intenta presentar argumentos lógicos? ¿Ofrece pruebas o argumentos de respaldo irrelevantes o erróneos? ¿Limita las distintas opciones existentes insistiendo, por ejemplo, en que solamente podemos elegir entre blanco o negro? ¿Salta a conclusiones que no se siguen de la evidencia que aportó?

Una vez detectadas las inconsistencias en un planteamiento podemos proceder, con educación, a proveer pruebas contrarias, rectificar los hechos o corregir los errores cometidos. En vez de devolver veneno por veneno, podemos encaminar la discusión hacia senderos constructivos. Para elevar el tono de nuestras discusiones, hemos de tratar así a nuestros contrincantes intelectuales y, con mayor razón, a nuestros colegas y amigos.