De mis notas

Israel: ¿Cuándo acabará?

Alfred Kaltschmittalfredkalt@gmail.com

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Desde los observatorios mundiales, la crisis —que más que crisis— es un recordatorio amargo de que en la diplomacia las palabras cuentan, las posiciones asumidas tienen peso y los hechos hablan más que mil textos, el actual conflicto entre Palestina e Israel no sorprende.

Lanzar miles de cohetes con exclamaciones de que Israel debe desaparecer no deja mucho espacio para negociar, más que la certeza de recibir una andanada de represalias. Mucho menos útiles son los llamados a la concordia y a la paz de terceros. No hay paz sin pañuelo blanco, si entendemos el pañuelo como el cese al fuego mientras se analizan las opciones. Por el contrario, “motiva activamente a los palestinos de Gaza para convertirse en escudos humanos, reconociéndolos como actos de valentía y una prueba de firmeza, como parte de un valor palestino”. Es una estrategia demencial: carne de cañón en vez de protección.

Y es que Palestina padece un serio problema de liderazgo desde hace años. El movimiento islámico Hamás basa su credo en la violencia. Su ineptitud de poder administrar su territorio en cosas tan básicas como la proveeduría de luz eléctrica y agua potable es una prueba de la realidad que deben vivir sus ciudadanos bajo su autoridad. Más inclinados a lanzar cohetes que a preocuparse por las necesidades de su gente, el horizonte no les presagia mejores tiempos, sino más de lo mismo.

Siguiéndole los pasos está el movimiento rival, Fatah, el cual se asienta en Cisjordania. El líder del partido, Mahmoud Abbas, lleva 17 años como presidente de Palestina. Es evidente que le preocupa más el poder que la gobernabilidad, y es esta dicotomía la que aleja el diálogo de las mesas de negociación.

Entre el fanatismo y la improvisación, no entienden que no entienden. El ajedrez geopolítico debe jugarse conociendo las reglas. Pero las desconocen o no les importan, las normas y el entendimiento de ese tablero, y en tal capacidad, maniobran burdamente con ciego fervor esperando que la ayuda venga del cielo, o que el cielo baje a ellos. Al menos así actúan para los suyos y el mundo. Hay, por supuesto, otras voces interesadas hablándoles al oído y llenándoles el arsenal y las arcas. Las redes terroristas afines son las más interesadas en mantener el conflicto vivo.

El tiempo es un enemigo implacable a la hora de las disputas ancestrales. Enquista y consolida los cambios tornándolos permanentes y graníticos. Los acontecimientos históricos tienen efectos irreversibles.

Basta mirar que no ha habido territorio palestino ocupado desde 1967. En 1967 ese territorio estaba anexado y gobernado por Jordania. No había Palestina ni autoridad palestina. Israel sacó a Jordania de la Ribera Occidental (West Bank) después de ser atacados. También los sacaron de Jerusalén. Pocos quieren recordar que Egipto, Jordania y Siria atacaron a Israel y que éste, en la guerra de los 6 días- logró liberar la Ribera Occidental, la península de Sinaí completa, Jerusalén y los Altos del Golán. Pesa también en el tablero de la realidad actual, que tanto Jordania como Egipto, han firmado tratados y acuerdos de paz con Israel cediéndole la soberanía de esos territorios, incluyendo el Este de Jerusalén y la Ribera Occidental. Toda esa historia fortalece los cimientos de la realidad y la torna aún más sólida y pétrea.

El tiempo transcurrido desde que el pueblo judío, errante, perseguido y amenazado hasta el genocidio no se puede medir con líneas de tiempo. Es historia, una ventana de humanidad que no puede fragmentarse con lógicas políticas.

Nunca será posible una paz, mientras nieguen la supervivencia y el derecho a existir del pueblo de Israel.