Con otra mirada

La Arquitectura, ¿al servicio del absurdo?

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

Ante la incertidumbre de lo que pasaría en el ámbito digital con el cambio de siglo (1999-2000) y sus apocalípticas predicciones, por si las moscas, decidimos pasar ese fin de año en Cuba.

Gracias a los contactos, fuimos recibidos y atendidos a cuerpo de rey, incluyendo la disponibilidad de un auto con su conductor: hombre gentil, educado y amante de su país, quien, conociendo nuestra procedencia y profesión, no dudó, durante el corto trayecto a La Habana Vieja, en señalar, a la distancia, un edificio alto y fuera de lugar que rompe el perfil de la ciudad, indicando que se trataba de la embajada rusa, a su parecer, una ofensa al paisaje… juicio con el que estuvimos de acuerdo.

Su crítica no se limitó al aspecto “estético”, sino a la insensatez del país huésped con la propuesta arquitectónica, y a la irresponsabilidad del país anfitrión, al autorizarla.

Tal grado de sensibilidad ante la Arquitectura, el urbanismo y el paisaje nos sorprendió; aunque fácil inferir del alto nivel educativo prevaleciente, común denominador entre quienes conocimos durante la corta estadía. Aparte, el hecho de que los estudios de Arquitectura se remontan al primer tercio del S. XX, por lo que su importancia como testimonio de la evolución cultural es parte del vocabulario diario de la población.

Localmente, arquitectos los hubo siempre, desde los años mil aC, durante la Colonia y época republicana. En los años 50, el trabajo de algunos permitió ingresar al mundo de lo moderno y contemporáneo, y a partir de 1958, al crearse la primera Facultad de Arquitectura en Centroamérica (Usac), junto a otras, de la década de 1970 en adelante, formaron profesionales cuyo trabajo es meritorio.

Sin embargo, en las últimas semanas las redes sociales dieron a conocer dos proyectos que lucen más como una antítesis de aquel ímpetu cultural: la ampliación de Cayalá y un hotel de 40 pisos en Izabal. Tiene en común, más allá de la calidad arquitectónica, que son un atentado en contra de la naturaleza.

Algunas críticas al primero van dirigidas a la tala de 80 hectáreas de bosque para dar lugar a la obra masiva. Junto a los árboles desaparecerá el refugio de importante vida silvestre, vegetal y animal, además de los daños al reservorio de humedad y su impacto al manto friático. Su arquitectura recuerda las construcciones fascistas de los años 40, y aunque es consecuente con lo ya edificado, no deja de provocar desasosiego pensar que fue inspirada en La Antigua Guatemala, cuyo influjo es difícil dilucidar.

El poco conocimiento sobre Arquitectura y arte nos impide contar con opinión pública calificada, deficiencia que da lugar a la defensa oficiosa que presenta Cayalá como ejemplo de experiencia urbana, arquitectónica y de bellas esculturas, contrario a hierros retorcidos en otros proyectos, para concluir con que se trata de ataques a la propiedad. Hasta donde he leído, las críticas van contra el irrespeto al interés común, el absurdo y la fealdad.

En cuanto a la torre en Izabal, luce como aquellos hoteles de los años 50 del siglo pasado, en otras latitudes, dirigidos al turismo de masas, que no es nuestro caso; y menos aún en un área de reservas naturales protegidas.

El impacto visual será más dramático que el causado por las dos torres en Panajachel, Atitlán, en los años 70, sobre las que, según recuerdo, al amparo de la corrupción, la orden de demolición fue sustituida por pintarlas de verde, a fin de desaparecerlas visualmente dentro del paisaje circundante.

¿En dónde quedaron los criterios de diseño, planificación y conservación?