Aleph

La caravana como práctica social

Carolina Escobar Sarti cescobarsarti@gmail.com

No se migra por placer en condiciones como las actuales. No se arriesga la vida solo por curiosidad. No se deja un pedazo de mundo si ese pedazo nos ofrece, aunque sea mínimamente, seguridad, oportunidades, justicia, afecto y alimento. De países como los nuestros se huye de la violencia, el abandono y la exclusión. La migración, tan antigua como el ser humano, ha sido la forma que encuentran las personas para tratar de imaginar y resolver para sí una nueva y mejor vida. Si no, que lo digan los 55 millones de europeos que migraron hacia el continente americano entre 1821 y 1924.

Las caravanas, las diásporas y los éxodos no son de surgimiento espontáneo. Se producen luego de una serie de condiciones que confluyen durante un largo periodo de tiempo y atentan contra la vida, los derechos y la dignidad de las personas, hasta llevarlas al agotamiento y la frustración social. Si estas condiciones persisten, estos movimientos humanos se traducen en una práctica social repetida. En 2018 se dieron 51 mil 473 retornos forzados de guatemaltecos al país (DGM), y la gente se sigue yendo. Hay comunidades enteras en países como Guatemala, El Salvador y Honduras donde la migración no es una opción, sino parte del plan de vida de las personas. Y no es casualidad que quieran viajar a EE. UU., si consideramos la injerencia de ese país en Centroamérica durante el último siglo.

El 15 de octubre de 2018, una caravana de mil personas se formó en Honduras. Muy pronto creció a siete mil personas cruzando la frontera hondureña para llegar a Guatemala y México, con el fin de entrar a EE. UU. Un acto de desarraigo y sobrevivencia. Grupos familiares de hasta trece personas huyeron de las múltiples violencias y abandonos en su país y viajaron junto a niños, niñas, mujeres y hombres solos que se fueron sumando a lo largo del peregrinaje en búsqueda de trabajo, asilo o reunificación familiar. En enero de 2019, otra caravana más pequeña cruzó la frontera de Agua Caliente, siguiendo la misma ruta y buscando idénticos fines.

A su paso por Guatemala, las personas migrantes fueron recibidas por la Casa del Migrante, con la colaboración de otras organizaciones del Grupo Articulador de Sociedad Civil en Materia Migratoria, entre más. Pero desde el gobierno, con raras excepciones, se dieron una serie de hechos que atentaron contra los derechos de esos migrantes. El grupo antimotines de la Policía Nacional Civil (PNC) trató de detener la caravana del lado guatemalteco. En algunos cruces se colocó alambre de púas para impedir el paso a futuros migrantes; obligaron a la gente a bajarse de los vehículos donde se transportaba; se dieron deportaciones de facto, sin ningún procedimiento, incluso separando a grupos familiares y contraviniendo tratados y convenios firmados por Guatemala; se dejó solos a los migrantes frente a hechos de xenofobia en su contra; se desconoció el Acuerdo Regional de Procedimientos Migratorios CA-4, convenio centroamericano entre Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua, en el que se acuerda que el documento de identidad personal es suficiente para desplazarse y permanecer en estos cuatro países. Por el contrario, se cerraron las ventanillas en fronteras, para impedir el ingreso de los migrantes de forma regular.

Nada más revelador de este éxodo que las imágenes de niñas y niños separados de sus padres en EE. UU., en “jaulas”. Sin comentarios. Migrar es un derecho humano, tal como lo prueba la historia y lo señala nuestro Código de Migración. El problema de fondo es la miopía de la clase gobernante actual en nuestros paisitos, que en lugar de crear condiciones de vida dignas para su ciudadanía, solo se alinean con el Norte y criminalizan la migración. El problema es nuestra desmemoria, porque todos somos, en algún punto, hijos e hijas de la migración.