De mis notas

La corrupción heredada al cierre de la Cicig

Alfred Kaltschmittalfredkalt@gmail.com

Escribí esta columna el año pasado. Contiene perspectivas de enfoque pertinentes a la coyuntura que vivimos y el cierre definitivo de la Cicig. Leamos: “En Guatemala nadie está libre de pecado. Desde oenegeros mercenarios a empresarios mercantilistas, a sociedad civil falsaria, a politiqueros rentistas, a periodistas faferos, a burócratas corruptos, a exguerrilleros mafiosos —a jueces, magistrados, fiscales y abogados torcidos— y hasta una Cicig cuestionada con lunares feos después de 12 años de desembarcar en nuestras playas. ¿Quién tira la primera piedra?

Y ahora el gran escándalo al que le están sacando réditos politiqueros: Algunos miembros del sector privado señalados de ilícitos electorales pidiendo disculpas por procederes atávicos enquistados en las costumbres electoreras —y en este caso, para evitar que Baldizón llegara al poder— y ayudar a un candidato desconocido…

Décadas de financiamientos electorales con el consabido, “te doy ahora me das después” para pretender transformarlo sin cambiar la problemática estructural y sistémica que lo genera. Por supuesto que de ambos lados siempre ha habido negociaciones políticas electorales y apoyos logísticos. Del sector privado, para tener derecho de picaporte para proteger intereses gremiales, sugerir —y colocar— nombres de ministros, la mayoría de las veces con gestiones buenas, y en otras, con lunares oscuros. En el caso de la izquierda, después de la firma de la paz, colocando alfiles en organizaciones internacionales, en los archivos de la PNC, en Copredeh, en el sistema de justicia, en la Corte de Constitucionalidad, en la fiscalía general, y tomando el control de la llamada “sociedad civil”, hoy en su máximo apogeo al colocarse astutamente del lado persecutorio, distanciándose de las realidades de un sistema con profundas debilidades institucionales dentro del cual nunca, por cierto —como asalariados que son— han generado empleos, ni pagado planillas, ni lidiado con ese decadente sistema, pero pretendiendo enarbolar la lucha contra la corrupción como si no fuesen parte del problema. Patético.

Recordemos cómo Jimmy Morales al tomar el poder su debilidad era una inexperiencia política y una vulnerabilidad colosal frente a ciertos grupos que le rodeaban. Sin equipo de trabajo ni un plan de gobierno coherente, la improvisación generó un costo de aprendizaje alto. Todos sabemos que el entorno político en Guatemala siempre ha sido un campo minado de intereses que data desde los tiempos de la Colonia. Es una cultura entretejida en el sistema político mismo y en cuya esencia raras veces se mueve “el servir al pueblo, sino servirse de él”. Sin duda ha cometido errores, pero la factura total no es para pasársela a él solo.

Para cambiar este sistema había que comenzar por casa, con íntima convicción de borrón y cuenta nueva y “luchar”, todos, aquí y ahora… para que se diera una reingeniería institucional que permitiese eliminar las causas estructurales y sistémicas enraizadas desde siempre en todo el aparato estatal. La otra opción era iniciar una purga persecutoria con juicios de casos de “alto impacto”, con un sistema de justicia semicolapsado. En otras palabras, perseguir efectos, no causas. Se prefirió la segunda opción en el largometraje de Pérez Molina-Baldetti y la larga lista de enjaulados en los campos de concentración del sistema penitenciario, en el que tienen más presos en “prisión preventiva” que purgando condena. Pírrica victoria.

La estrategia fue tirarle a la yugular del presidente, con antejuicios vía la Corte de Constitucionalidad y los votos en el congreso para defenestrarlo. Luego elegir a un tercero “acorde y alineado” a la jauría persecutoria. Se persiguieron efectos hasta tratar de deponer a un presidente de la República sin atender las reformas institucionales. Esto no fue para combatir la corrupción y la impunidad. Fue para promoverla”. Le sigo apostando a la bandera y al quetzal… Fin de la cita.