Aleph

La corrupción y la infancia

Carolina Escobar

Los niños, niñas y adolescentes que emigran de Guatemala casi nunca se van porque quieren, y casi siempre se van para no morir de hambre, por violencia o por enfermedades prevenibles. Guatemala los trata mal y la realidad es bastante convincente en este sentido. Por otra parte, de la relación entre corrupción, niñez y futuro de país, se habla poco o nada. La niñez es aquí aún para muchos “un problema de señoras”, de beneficencia, o de incomodidad para el mundo adulto.

Sin embargo, la corrupción es una de las causas estructurales de la situación que viven millones de niñas, niños y adolescentes; no la única, pero sí determinante. “El análisis de los efectos nocivos de la corrupción permite reconocer que (…) distorsiona la distribución de los recursos públicos, lo que ocasiona que su administración se vuelva discriminatoria y arbitraria. Como consecuencia, la corrupción impacta las vidas de las personas vulnerables y en condiciones de desventaja, y socava sus derechos humanos porque se pueden quedar sin acceso a un servicio esencial (salud, educación, nutrición, etc.), porque no pueden o se rehúsan a pagar un soborno o no pertenecen a una red clientelar. En los casos más graves, como recientemente quedó en evidencia, la corrupción también puede ocasionar muertes”. (Icefi/Oxfam,2015)

Pocas veces en nuestra historia, la niñez ha sido tomada en serio. Si bien en la primavera democrática hubo más atención a la educación de la niñez y las familias, no podemos hablar sino de la deuda histórica que tiene el Estado guatemalteco con los niños, niñas y adolescentes. La ética del cuidado se aprende en sociedad y en la historia de la humanidad la infancia ha quedado desdibujada porque el mismo concepto de niñez es relativamente nuevo, incluso en países del primer mundo. Antes del siglo XVIII, los niños “no existían”, menos las niñas. La historia oficial occidental ha preferido aproximarnos a guerras, conquistas, poder y muerte, antes que a la vida cotidiana de las de personas, niñez incluida. Del abandono y el infanticidio hay poco o nada documentado en los documentos históricos y la idea que hoy tenemos sobre la infancia nació en la contemporaneidad. Como señala Lloyd de Mause, la historia de la niñez es un continuum trágico; por eso plantea estudiarla desde el origen de las relaciones entre los adultos y los niños.

Que en Guatemala uno de cada dos niños y niñas menores de 5 años sean desnutridos no significa que haya escasez de dinero, sino que abundan la corrupción y la falta de voluntad política. Que en el mismo año de la pandemia, cuando se otorgaron a este gobierno los préstamos millonarios, subieran a más de 28 mil los niños y niñas desnutridos tampoco es falta de dinero. Que cada semana aparezcan nuevos actos de corrupción y nepotismo en el Estado, en lugar de escuelas construidas, es evidencia de la presencia de mafias en un Estado corrupto y antidemocrático. Que el sistema de salud tenga 40 años de rezago, según el BID, y que en lugar de aprovechar la pandemia para hacerlo avanzar hayamos retrocedido; que en el Ministerio de Educación no se persiga a los más de mil maestros abusadores y que ningún partido de gobierno haya puesto en el centro de su agenda política a la niñez y adolescencia es, además de corrupción y falta de visión estratégica, evidencia de un país gobernado por poderes ciegos.

Sobre los cuerpos hambreados, golpeados, violados, interrumpidos y abandonados de niñas y niños jamás llegaremos a ser país. La población no tiene por qué saber que en 1990 Guatemala ratificó la Convención de los Derechos del Niño. Pero la clase política no tiene excusa, ya que tiene el compromiso de garantizar que se cumpla lo allí ratificado. Ese instrumento es un parteaguas en la historia de la niñez, porque de ser objetos de atención de los estados solo cuando cometían delito o eran víctimas de uno, las niñas y los niños pasaron a ser considerados sujetos con derechos. Lástima que aquí siempre se entiende todo un siglo después.